THE FRESHMAN

27 noviembre, 2015 |
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Esta película confirmó mi sospechas de que Harold Lloyd en efecto fue un genial comediante y que la pobreza artística de muchas de las producciones que protagonizó tiene poco y nada que ver con él, y mucho con el escaso talento como director de aquel relevante nombre de la historia hollywoodense que lo acompañó tantos años; Hal Roach (y digo “escaso talento” que no “éxito”, porque eso lo tuvo de sobra. A fin de cuentas, lo que sí supo hacer muy bien, fue producir comedias taquilleras, independientemente de si fueron buenas o malas). Una vez Lloyd deja atrás su etapa con Roach en 1923, realmente se empieza a ver otra cosa totalmente diferente a esas comedias cuyo interés central era la labor acrobática del comediante jugándose la vida entre chiste y chanza. Es a partir de entonces, y de la mano de directores como Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, que podemos ver al Harold Lloyd que en verdad emociona más allá del tropezón, ese que se abrió paso en el corazón estadounidense. Esta es la película perfecta para llegar a entender por qué Harold Lloyd pasó a la historia de la manera en la que lo hizo. Es en esta película en la que se goza en verdad del hechizo que enamora de este gafufito con cara de idiota.

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The Freshman cuenta la historia de un novato universitario, Harold Lamb (Harold Lloyd), obsesionado con ser tan popular como su héroe de ficción, “Speedy”, protagonista de la ficticia película The College Hero. Por supuesto, con semejante objetivo, Harold está más encaminado a ser un pringado que un héroe universitario. Así pues, todo el mundo lo ridiculiza como al petardo que es, mientras que él, inocente idiota, cree que se está convirtiendo en el más popular de los estudiantes. Este personaje, al que en un principio querría uno atizarle una zurra monumental, va poco a poco dejando ver una ternura persuasiva y viral que se adueña de la situación hasta que, a fuerza de momentos cómicos memorables, hace que uno quede perdidamente enamorado de su cándida tontería. Pasa entonces a ser como uno de esos grandes amigos de toda la vida que en sus momentos más torpes y desastrosos nos arrancan una sonrisa cómplice que nos obliga a tenderle una mano, no por lástima, sino por una absoluta simpatía solidaria.

Una vez Lloyd deja atrás su etapa con Roach en 1923, realmente se empieza a ver otra cosa totalmente diferente a esas comedias cuyo interés central era la labor acrobática del comediante jugándose la vida entre chiste y chanza.

La audiencia, acostumbrada a ver a Lloyd en ese papel de pícaro que se vale de cuanta artimaña se le ocurre para conseguir lo que quiere (normalmente una chica), seguramente habrá recibido este nuevo personaje, inocente, entrañable y luchador, con el corazón abierto y mullido, y muy posiblemente se habrá ablandado ante esa personificación sencilla y familiar de la lucha obstinada para alcanzar el éxito empezando en el extremo opuesto del mismo, tan esencial en el American Dream. Esto es otra cosa; este es un personaje construido con la inteligencia emocional propia de los creados por sus grandes colegas de la época, Chaplin y Keaton.

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Habría que hacer un estudio minucioso de las producciones protagonizadas por Lloyd para comprobar cuán nociva fue la presencia de Roach para la calidad artística de las mismas (si bien nadie puede negar que sin Roach no habría existido Lloyd como fenómeno mediático), y cuán positiva en ese mismo sentido fue la injerencia de nombres como los de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor. Sin embargo, las sospechas parecen más que justificadas cuando fue de la mano de este tándem que se dieron obras como la que aquí me ocupa y aquella que quizá sea la más famosa del comediante, Safety Last! (1923). Ambas con un poder iconográfico de innegable importancia, a juzgar por una escena tan emblemática de The Freshman como la de la línea de touchdown marcada justo sobre la boca de Harol tras anotar el tanto, o de una secuencia de la misma película como aquella tan absurda del baile en el que el smoking de Harold se va desbaratando mientras su sastre lo persigue para ir haciendo remiendos.

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Si usted tiene curiosidad por entender el fenómeno que fue Harold Lloyd, esta es una perfecta puerta de entrada.

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Andrés Vélez

Andrés Vélez es un literato excéntrico que vive en el centro de Bogotá, boxea a diario y se inventa proyectos imposibles a los que se dedica con devoción en los que SIEMPRE, de alguna u otra manera, el cine es el protagonista. Twitter: @andvecu

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