Sexo, sífilis e higienización: la pintura bajo la pintura

8 febrero, 2016 |
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Mallarino Flórez, Gonzalo. Según la costumbre. Bogotá: Santillana (Punto de Lectura). 2010.

La pared se descascara: un poco de humedad deforma el plano homogéneo y convierte lo uniforme en monstruoso. La caída de la pintura vieja permite que la pared se convierta en un túnel temporal. A través de ese espacio de desgaste la mirada crítica del historiador y el escritor rastrean las pátinas, los retoques, los cambios. La duda sobre si esa pared tiene una falta de estructura y es sólo exceso de adorno parece obvia y la ficción surge como posibilidad. Así, Bogotá como pared a la cual se han añadido excesivas capas de pintura y que, basta con raspar persistentemente con la uña para ver si los colores se perdieron, se mezclaron, repiten ciclos o permanecen a viva vista. ¿Qué capa queremos pintar?, ¿qué capa queremos recuperar?, ¿cómo pintamos? Esa es la gran pregunta de la literatura y de la historia. Según la costumbre (2003) de Gonzalo Mallarino Flórez, es una de las respuestas.

La pared se descascara: un poco de humedad deforma el plano homogéneo y convierte lo uniforme en monstruoso. La caída de la pintura vieja permite que la pared se convierta en un túnel temporal.

Según la costumbre es la primera novela de la “Trilogía Bogotá”, la cual complementan Delante de ellas (2005) y Los otros y Adelaida (2006). En esta novela, el autor se ocupa en escenificar, en la Bogotá de finales del siglo XIX, los procesos de higienización llevados a cabo por los médicos que intentaban diagnosticar, estudiar y erradicar las enfermedades infecciosas que se propagaron en las ciudades latinoamericanas en el cambio de siglo. Pareciera que Mallarino decide retomar uno de los momentos más importantes en la historia de las ciudades en Latinoamérica (el cual José Luis Romero haría coincidir como el paso de las ciudades burguesas a las ciudades masificadas) dada la importancia no sólo en la planeación física de las mismas, sino porque es ahí cuando se crean las normas de salubridad y el concepto de lo urbano que posibilita la expansión de las ciudades. Por lo tanto, al autor le interesa narrar una serie de historias en paralelo las cuales le permiten retratar espacios disímiles y mostrar varios puntos de vista, tomando como centro “personajes-tipo” de espacios específicos. Dos de ellos sobresalen: el doctor Piñero y Calabacilla. El primero es un médico de la alta sociedad bogotana, interesado en estudiar y curar una enfermedad que en el libro no recibe un nombre específico pero que claramente se refiere a la sífilis. El segundo es un jorobado, enfermo de sífilis, que camina por las calles de la ciudad para encontrar las mujeres que servirán para las casas de lenocinio distribuidas en toda la ciudad. A través de la voz de estos dos personajes, se cuenta la historia de los prostíbulos en Bogotá, los cuales aparecen como el espacio límite, o la frontera en la cual los dos mundos representados (el de los letrados y el de los marginados) se tocan.

Una de las características que más llama la atención de la novela, pero que al mismo tiempo puede ser su gran defecto, es el uso de una serie de estructuras diversas que ayudan a conformar una novela múltiple. El registro de las dos voces (que señalan los dos mundos), permiten que aparezca una serie de discursos de lo novelesco que dan cuenta de las formas de construcción histórica propuesta por Mallarino. En la voz del doctor Piñero, la inserción de un discurso médico acompañado de un estudio sociológico que empieza a delimitar la sectorización de la ciudad y la necesidad de diferentes políticas de higiene; es entremezclado con un discurso de la novela sentimental y decadentista finisecular. Por otro lado, la aparición de la voz de Calabacilla permite entrever una intención de retomar el cuadro de costumbres (de ahí el título de la novela) como estructura que narra los espacios de lo oscuro y lo corrupto en la Bogotá de finales del XIX. Todas estas voces son contenidas en una estructura mayor en la cual lo policial es el eje narrativo. Pero este policial no aparecerá desde una trama única, sino en múltiples posibilidades narrativas: un policial médico (la búsqueda y la eliminación de la sífilis), un policial del crimen (los encuentros y los desencuentros entre Calabacilla y el doctor Piñero) y un policial detectivesco clásico (la indagación por la muerte de Antonio). Así, es necesario una gran filigrana de escritura para manejar tal cantidad de registros con una sencillez que permita la lectura fluida de la novela.

El primero es un médico de la alta sociedad bogotana, interesado en estudiar y curar una enfermedad que claramente es la sífilis. El segundo es un jorobado, enfermo, que camina por las calles de la ciudad para encontrar las mujeres que servirán para las casas de lenocinio distribuidas en toda la ciudad.

Las historias enmarcadas en ese policial hacen que el lector por momentos se extravíe en medio de tramas que se entrecruzan pero parecen tener un desarrollo propio. Algunas historias se cierran totalmente dando un carácter total a la novela, mientras otras se resuelven rápidamente dando la impresión de ser cortadas y con finales imprevistos. Sin embargo, hay un eje que permite unir y mantener a flote toda esta cantidad de estructuras narrativas: la voz de Calabacillas. Es un personaje que, a partir de una narración de corte oral y con gran carga verbal, permite intensificar la novela y darle gran dinamismo. La primera persona de Calabacillas se entremezcla con otras voces del mundo de los prostíbulos y las casas de lenocinio, las cuales (a pesar de su aparición esporádica) tienen una carga simbólica fuerte y permiten la elaboración de esos cuadros de costumbres que proyecta el autor. Por otro lado, la voz del doctor Piñera tiene una serie de transformaciones que no permiten centrar al personaje en un sujeto concreto. De la valentía como médico e investigador de las enfermedades, o de las dinámicas de los barrios bajos, pasa intempestivamente a un discurso romántico en el cual duda por el amor a dos mujeres, o por ser la cabeza de una familia de arraigadas tradiciones que se enfrenta a los cambios de la modernidad. Quizá su carácter de personaje-tipo le permite tener una solidez que no se apoya en los diálogos a lo largo de la novela pero que le hace mantenerse como el centro narrativo de toda la obra.

El otro eje lo conforman dos características de estilo que vale la pena subrayar. La primera es el uso en la novela de frases cortas, muy bien construidas en su gramática. Todo el libro está compuesto de una serie de oraciones que no sobrepasan las tres líneas pero que se conectan una a otra con naturalidad y consistencia. La contundencia de cada una de ellas permite un ritmo vertiginoso de lectura y dan cuenta de un cuidadoso trabajo con la escritura. El segundo es cómo el autor construye la ciudad a partir de una serie de referencias que, lejos ser descriptivas, permiten entender tanto la geografía social como los límites invisibles que se establecían en la ciudad a finales del siglo XIX. Así, la aparición de lugares como El Lago, El Campín, Chapinero, Sibaté o el barrio Egipto; se enmarcan no sólo en las topografías, sino en la forma en la cual construían un imaginario en el cual se mueven clases sociales específicas. El vistazo histórico a estas zonas, diferenciadas en los personajes que las transitan, establece la lógica interna de estos espacios y las relaciones de dependencia entre ellas. Por lo tanto, un lugar como el barrio Egipto es observado desde las varias perspectivas que otorgan una visión total: desde los sujetos marginales que viven ahí y entienden la forma en que se realizan las prácticas cotidianas; y desde un extranjero de las clases altas que mira ese mismo espacio desde el lugar de la extrañeza. Lejos de contar una Bogotá homogénea y única, la novela de Mallarino cuenta fragmentos detallados y pequeños movimientos entre las zonas, lo cual convierte a la ciudad del siglo XIX en un lugar orgánico y móvil, con espacios de luz y sombra.

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Foto: Angélica Conde

Entonces, vale la pena acercarse a una última pregunta: en medio de todas las formas discursivas y estructurales de la novela, ¿cuáles son las posibilidades de lectura de su historia? Quisiera resaltar una de ellas en la cual recalco la aparición del discurso médico como una de las fuertes tramas que permite recuperar una parte no tan conocida de la historia bogotana: su historia del sexo. Si bien durante años leímos en la Historia de la sexualidad  de Foucault cómo se proponía la transformación del discurso sobre los cuerpos como marca de la transformación de las ideologías burguesas (y la llegada de la modernidad), poco conocíamos sobre la historia de la sexualidad bogotana. Foucault  indica dos formas de construcción de ese discurso (entre otras): el discurso científico y el sexo como productor de regulaciones sobre la identidad corporal. Mallarino, retomando estas dos vertientes, entrecruza las prácticas sociales de regulación y dominación de los cuerpos con las normativas que este mismo discurso produce sobre los sujetos. Sin embargo, el mismo Foucault apunta cómo el discurso científico sobre el sexo se irguió como un discurso de verdad que sólo escondía una falsa moral reaccionaria. En la novela de Mallarino se muestra entrelíneas cómo esos sistemas de represión se fueron construyendo a partir de un sistema de higienización que ya tenía a priori un ideal de cuerpo saludable. Es ahí donde el autor toma una distancia acrítica y pareciera estar de acuerdo con esas regulaciones biopolíticas. En lugar de denunciar las formas de represión que se estaban edificando a finales del XIX por medio de los programas de salubridad, permite la aparición de personajes que responden al statu quo y reafirman esas mismas estructuras. Valdría la pena preguntarse por qué el autor no flexibilizó el uso de lo literario para hacer una mirada más analítica y, en su lugar, reafirmó esa dicotomía saludable/enfermo.

Lejos de contar una Bogotá homogénea y única, la novela de Mallarino cuenta fragmentos detallados y pequeños movimientos entre las zonas, lo cual convierte a la ciudad del siglo XIX en un lugar orgánico y móvil, con espacios de luz y sombra.

La novela de Mallarino se plantea como un texto en el cual podemos visibilizar una versión de la historia que retoma espacios de la ciudad que han sido escondidos o encubiertos por la historia escolar. Desde una primera lectura, el texto crea una serie de preguntas sobre temas de la ciudad que, quizá, no habíamos percibido: el desarrollo del sexo, la categorización de los cuerpos enfermos, los procedimientos médicos. En lugar de plantear un punto de vista específico o sostener una mirada crítica, Mallarino (como en un cuadro de costumbres) muestra en esta novela una ciudad sistémica y enérgica, en la cual se mueven los diferentes sectores sociales, los pensamientos contrapuestos, los discursos mezclados. El gran reto que propone el autor es abalanzarnos sobre la otra historia de la ciudad, esa que no conocemos pero que está armando día a día la ciudad que somos. Aventurarnos a raspar un poco la pintura raída que vemos todos los días y saber que, bajo las capas de color,  podemos encontrar molduras, decoraciones, ilustraciones, colores que no imaginábamos que existían, texturas cálidas o violentas. Con el tiempo podemos descubrir que bajo las capas de pintura hay sólo otras capas de pintura y comprobemos que la historia de la ciudad está armada con palabras y que las fachadas de las casas no son más que metáforas que creemos poder tocar.

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