Microfútbol, un estilo de vida ‘pirata’

14 abril, 2015 |
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Un viaje a la gloria y la derrota del microfútbol de barrio             Por: Éder Garcés

 

 

 

Para algunos (como yo) el microfútbol es algo más que un simple deporte de barriada en Bogotá. Es el pretexto perfecto para ir de barrio en barrio a torneos desconocidos y solucionar problemas económicos y sociales. Piratear: así se le llama en el bajo mundo a cobrar dinero por jugar. Tal vez, a lo largo de un mismo día, hay que jugar para diferentes equipos: la pasión, sí, pero también la necesidad de acumular un poco de dinero.

Nací y crecí en La Perseverancia, un pequeño lugar situado en el corazón de la capital, donde jugar micro es como ir a la iglesia: allá la cosa es sin menesteres. Lo único que queríamos era salir y reunirnos en la cancha para entrenar bajo las órdenes de Fernando Prieto, quien más que un entrenador fue un guía de nuestra infancia y adolescencia. Nos metió tanto en ese mundo, que los vicios y los malos hábitos de la calle se alejaron sin necesidad de recibir castigos de nuestros padres. Fue algo así como un pacto con la vida más que con el deporte.

Fredy, Peluca, Millos, Pastuso, Nano, Marlon, Francisco, Pío, Jerson, Manchego, Jhon Deyvi, Chiqui y, en algún momento, Giovanny Triana. Todos nos convertimos en ese entonces en dignos representantes de un barrio encasillado como violento e inseguro, pero que, al mismo tiempo, contaba con gente buena y talentosa. Giovanny, a quien llamábamos Ta-ta-tá (porque al igual que James Rodríguez tenía dificultades para expresarse), fue el único que se desvió del camino.

Un día del año 2001, cuando nos alistábamos para ir a jugar uno de tantos torneos, escuchamos un par de disparos provenientes de la parte alta del barrio. La gente se resguardó y nosotros, que también nos alertamos, vimos a lo lejos que un joven caía desplomado. Nos preguntábamos quién podría haber sido. Y el murmullo se convirtió en tristeza cuando nos percatamos de que había sido nuestro excompañero.

Nací y crecí en La Perseverancia, un pequeño lugar situado en el corazón de la capital, donde jugar micro es como ir a la iglesia

Fredy, nuestro arquero, quien se encontraba a escasos metros de la escena, fue uno de los que prestó auxilio para bajarlo alzado junto a otros muchachos hasta la sede del CAMI, la única cercana al barrio en casos de emergencia. La atención de los médicos no fue suficiente, pues los impactos de bala en el cuerpo habían sido letales. No hubo tiempo de reanimarlo: los esfuerzos fueron inútiles.

Nunca supimos por qué él se atravesó en el recorrido de esas balas, pero  partió dejándonos un vacío que nos aferró aun más al deporte, a nuestro salvavidas. Entonces, mientras el tiempo pasaba y el amargo momento se esfumaba de nuestras mentes, continuamos nuestro camino enfrentado a muchos de los que hoy son los íconos representativos del fútbol 5 en nuestro país: Jhon Pinilla, Camilo Gómez, William Panadero Estupiñán, Carlos Santofimio, Diego Abril y Jhon Fredy Celis, entre otros cracks del juego rápido en espacio reducido.

Ellos, al igual que muchos talentos que pululan en los barrios más humildes de la geografía capitalina, tuvieron que emprender una larga aventura plagada de obstáculos y sacrificios para ser lo que son. Aunque el reconocimiento ha sido efímero, poco les importa: sus gestas deportivas han logrado darles un sentido a sus vidas y una satisfacción enorme a los seres que siempre estuvieron presentes en ese camino de espinas.

Ahora cobran, ganan y se divierten. Son profesionales de tiempo completo que han sabido sacarle rédito a su talento. Antes de que llegara el torneo profesional en 2009, sin embargo, fueron, también, piratasY lo siguen siendo, aunque en menor proporción. Una semana podía dejarles $700.000 jugando un promedio de 9 a 10 partidos. Y eso sin contar el aumento que recibían por los premios de las finales y las giras que a veces realizaban por los pueblos de Boyacá y Antioquia, a donde llegan gracias al contacto de los organizadores de los torneos, que siempre buscan a los mejores de cada región para armar campeonatos de gran nivel. Otanche, Tauramena, Chitaraque, Santuario y Apartadó, son algunos de los lugares más afamados.  No perciben un salario de superestrellas, claro, pero gracias a la constancia, la disciplina y el profesionalismo, lograron sacar el crédito suficiente hasta estabilizar sus finanzas.

En ese arte, Jhon Pinilla fue pionero, además de ser la imagen sobre la cual se cimentó el campeonato profesional. El bogotano es uno de los próceres del deporte nacional con menor reconocimiento. Ha ganado títulos mundiales, innumerables torneos nacionales y continentales, y es recordado en Europa como uno de los jugadores extranjeros más importantes de la historia. Una anécdota personal no me deja mentir. Cuando viví en Italia quise ir a probarme en un equipo de la segunda división de ese país. Balbuceaba pocas palabras en italiano y aunque sabía que sería difícil entrar en equipos conformados, el hecho de ser colombiano me abrió las puertas. Francesco Meneghel, director deportivo del Casinó di Venezia, me dijo con una sonrisa: ehh, colombiano… ¡Pinilla! ¡Quello é venuto qua e ha fatto un disastro. Una meraviglia! (¡ese vino acá y la rompió. Una maravilla!).

Lo miré perplejo, con sorpresa y hasta nostalgia, porque el recuerdo de aquel muchacho humilde que empezó su carrera cobrando algunos pesos en el barrio Samper Mendoza fue mi pasaporte de ingreso. Entrené dos meses y luego desistí porque el cupo de extracomunitarios estaba repleto de jugadores brasileños. No me importó, pues nunca pensé en vivir del microfútbol, a diferencia de Jhon, quien desde que empezó a deslumbrar en las canchas del centro y sur de la capital, siempre se fijó el objetivo de sostener a su familia pateando una pelota.

Una semana podía dejarles $700.000 jugando un promedio de 9 a 10 partidos.

Su ascenso en la élite fue precoz. A los nueve años ya estaba en la selección Bogotá y en 1997 entró a formar parte de los procesos de la selección Colombia hasta convertirse en el mejor jugador de la historia. En el 2000, cuando se coronó campeón mundial en Bolivia, marcó uno de los goles más bellos de los mundiales en la semifinal frente a Argentina. Con su desparpajo habitual, y sin tomarse mucho tiempo, vio al portero un tanto salido, le levantó la pelota con el taco y lo colgó. Una perla de colección.

Años más tarde, ya en la madurez de su carrera, volvió a ser el guía del seleccionado nacional en el título del 2011. Ahora, a los 34 años y con un futuro definido, se alista para defender la corona mundial en Bielorrosia junto a los que fueron sus secuaces en aquella conquista. Son los mismos jugadores que visitaron la Casa de Nariño hace cuatro años y a quienes el gobierno nacional les prometió una vivienda y una cancha en sus barrios de residencia con el nombre (en honor a cada uno de los campeones) de cada uno.

En el caso de Camilo Gómez esa fue tan solo una promesa que no le generó incertidumbre, pues desde los 15 años, junto a su gran amigo Carlos Santofimio, aprendió a ganarse el dinero explotando su talento en el Club Polikennedy, uno de los más populares de Bogotá. “Me servía para el bus y las galguerías”, recuerda Santo, como conocen al arquero del equipo nacional. “Me daban 2.000 o 3.000 pesos, pero eso no importaba”, replica Camilo, quien antes de empezar a rentabilizar su talento administró negocios de Internet y se ganó una beca universitaria para prepararse como administrador de empresas. Cursa quinto semestre en la Universidad Central, eso piensa ejercer.

El Panadero Estupiñán, uno de los emblemas del equipo actual, decidió meterse de lleno en el mundo del microfútbol desde 1999. Jugaba en la cancha del barrio Miraflores de Kennedy al frente de su casa. Lo hacía a diario mientras sus padres trabajaban a sol y sombra amasando pan. Él daba una mano con los quehaceres, pero la mayor parte del tiempo lo dedicaba a jugar para ganar prestigio y algo de dinero. “Hace dos años cerramos la panadería porque era muy matador y ya era justo con mis padres”, cuenta ‘Pana’, quien antes de entrar a la selección trabajó como auxiliar de archivo. “Trabajaba y jugaba con la empresa, pero cuando empecé con la selección me salí porque ya me daba pena cobrar solo por jugar”, dice sonriente.

No sabe a ciencia cierta qué hará una vez culmine su exitosa carrera, pero lo que sí tiene claro es que seguirá brindando exhibiciones hasta que su cuerpo se lo permita.

En Bielorrosia, del 16 al 25 de abril, podría ser la última con la tricolor nacional en un campeonato mundial. Y quizá también sea la última de Pinilla, Celis y compañía, una generación única e inigualable que nos marcó a todos los que alguna vez soñamos ser como ellos.

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