Luvina no es como la pintan

27 mayo, 2015
Foto: Daniel Lara

—A Luvina llegamos por diferentes caminos.

A la de Rulfo por lectura obligada en el colegio, timidez juvenil albergada en una biblioteca pública o simple inquietud por autores de la literatura universal. Da igual cómo. El lugar es el mismo: un paraje anclado en el silencio, abatido por el eco de los fantasmas, donde el viento y la neblina dibujan días y noches eternamente fríos. El lugar –dice una de las voces del relato– donde anida la tristeza.

Palabras, estas últimas, que marcan la vida de su lector y que lo invitan a descubrir más de aquel (des) poblado, donde se arraiga la aflicción y se perpetúan condiciones de negado bienestar para quienes la habitan.

Y no es capricho del mexicano. De acuerdo con algunos investigadores de literatura hispanoamericana, la palabra Luvina viene del término zapateco Looubina que significa cara de la pobreza, raíz de la miseria. Una ventura del azar y del autor.

La espuma en mi cerveza me recuerda los rastros de burbujas en la botella del personaje de Rulfo que añora sin remedio ese paisaje de espanto, que sin explicación lo atrapa una y otra vez, unayotravez, unayotravez.

 

— ¿Algo más?Luvina_02

—Otra cerveza, por favor.

El primer sorbo me trae de nuevo a la noche bogotana.

—A Luvina llegamos por diferentes caminos.

 

A la de Carlos Torres por recomendación de un amigo, rumores entre bohemios, planes turísticos en La Macarena, un café, un libro, una cerveza. Da igual cómo. El lugar hoy, casi diez años después, no es el mismo.

Comenzó con una compraventa de libros usados, un poco impersonal. Lectores iban y venían, negociaban sus historias a cambio de las escritas. No llenaban las arcas, colmaban de anécdotas el lugar.

Y el viento que sopla fuerte aquí son las voces retumbantes de sus visitantes, de sus amigos. — “Luvina es mi casa”.

Torres vislumbra el futuro y comprende que necesita proyectar este lugar como un centro cultural. Un concepto de librería que ha evolucionado a café, cineclub, galería. Escritores de poesía, ensayo y narrativa no solo hacen parte de la colección en venta. Sus rostros y lecturas dejan huella en el lugar. Sucede lo mismo con pintores, fotógrafos, artistas y creadores.

Y el viento que sopla fuerte aquí son las voces retumbantes de sus visitantes, de sus amigos. — “Luvina es mi casa”.

Y los fantasmas que la habitan no dan miedo. Se esconden entre libros pero no ocultan su voz. Se convierten en murmullos (gritos) que inundan el segundo piso del lugar y develan la antítesis frente a San Juan de Luvina.

Luvina_03—“Nada como una buena tertulia acompañada por un cafecito”. —“Excelentes recomendaciones del librero y textos de ediciones reconocidas”. —“Tenés que probar este pastelito. —“Aquí nos reunimos y conversamos al calor de un vino”. — “Esto es pura alegría por donde mires”. —“Literatura, charla, música, buen humor; eso es lo que se vive aquí”.

 

A la Luvina de Juan Rulfo la muerte llega como esperanza; la Luvina de Carlos Torres nos ayuda a sobrellevar la vida.

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Luvina: Librería – Galería – Café, Cra. 5 # 26C – 06, Bogotá

*Gracias a Luvina por acompañarnos en el lanzamiento del proyecto Imagina Bogotá.

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