GÜEROS

14 octubre, 2015 |
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Estreno: 9 de octubredatos peli

Laboratorios Black Velvet entra en el negocio de la distribución en Colombia con una interesantísima y placentera película directamente traída a nuestras salas desde México. No dan este quijotesco y atrevido paso en la industria con cualquier pendejadita o con una rareza solo fumable por geeks con mal gusto y muchas ganas de parecer interesantes. Todo lo contrario, arrancan con una producción engalanada en 2014 con no pocos reconocimientos internacionales, entre ellos la bobadita de mejor ópera prima en la Berlinale; el de mejor película latinoamericana en San Sebastián; el de mejor película, director, fotografía, sonido y ópera prima en los Ariel, y el de mejor ópera prima en La Habana. Y todo ellos muy merecidos, porque, independientemente del beneplácito de los jurados en los festivales del mundo, este primer largometraje de Alonso Ruizpalacios es toda una declaración de intenciones que sale al mundo a gritar en nombre de su creador diciendo, entre otras cosas “aquí estoy yo, miren qué buen ojo tengo, qué noción tan elegante del ritmo me gasto, qué gran saco de recursos y referencias este del que dispongo y qué buen gusto para la música me adorna, aquí donde me ven con mis carita de yo no fui y mis gafitas de princesita hípster.

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Vamos con la historia de esta comedia: Tomás (Sebastián Aguirre), un niño casposo e inaguantable, saca finalmente de quicio a su madre, quien lo manda al DF a vivir un tiempo con su hermano mayor, Sombra (Tenoch Huerta). Una vez allí, se encuentra con la vida desordenada y abúlica de su hermano y su mejor amigo, Santos (Leonardo Ortizgris), quienes no hacen sino zanganear a la espera de que reabra su universidad, tomada por los alumnos huelguistas. Tomás escucha sin parar a un músico desconocido llamado Epigmenio Cruz (Alfonso Charpener), cuyo viejo casete (el cual jamás nos deja oír Ruizpalacios convirtiéndolo en un misterio como aquel maletín de interior luminoso en Pulp Fiction de Tarantino y Kiss Me Deadly de Aldrich) es un recuerdo memorable que le dejó su padre al que asumimos muerto o retirado en busca de cigarrillos. Tomás se entera por el periódico de que su ídolo musical está moribundo en el hospital y emprende junto al par de vagos en receso universitario un road trip para conocer al misterioso ídolo y que le firme su casete antes de palmarla. A este viaje se unirá luego Ana (Ilse Salas), una chica fresa metida hasta las cejas en el mierdero político de su universidad y de la que Sombra está torpe y ridículamente enamorado hasta el tuétano.

A esos planos que le coquetean en plan guarrita chula al ojo del espectador todo el tiempo, les suma este buen hombre unos movimientos de cámara de aquellos que hacen recordar los rápidos cambios de rasante en el bus del colegio.

Vamos ahora con algunos de los grandes aciertos que hacen que esta película sea tan sabrosa y recomendable: hay que empezar, cómo no, con la capacidad que tiene su director para componer planos de enorme belleza pictórica (repletos de texturas y elementos simbólicos a los que hay que estar muy atento) y dejarlos ahí como si nada hubiera pasado, en medio de un contexto que parecería sobrio y desaliñado. A esos planos que le coquetean en plan guarrita chula al ojo del espectador todo el tiempo, les suma este buen hombre unos movimientos de cámara de aquellos que hacen recordar los rápidos cambios de rasante en el bus del colegio.

Por otro lado está la música (a cargo de Tomás Barreiro), que fuera del contexto de esta película podría parecer de quinta, pero que aquí se vuelve sabrosona en su old fashioned style y da combustible para configurar una atmósfera única, de aquellas que alimentan al cine de culto. ¿Se acuerda usted de lo que hace Shigeru Umebayashi en In the Mood for Love y 2046 de Won Kar Wai?, pues algo así.

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Hay mucho más que usted experimentará con alegría en Güeros, pero voy a terminar refiriéndome al sonido, que es una gozada de esas que rara vez uno tiene el gusto de apreciar en el cine latinoamericano (las cosas como son). Aquí el sonido está usado como debe usarse en el audiovisual, así que le rebosan el contenido simbólico y la relevancia argumental y emotiva, en especial cuando rompe con la expectativa del espectador yendo por rutas contrarias a las de la imagen que acompaña.

Espere usted no más a ver en acción toda esta maquinita de cine en momentos tan hermosos como la secuencia en que recorremos el zoológico a través de los ojos de Sombra, obstaculizados por los dedos de Ana, quien lo guía como en un sueño, en un ejercicio de romántica entrega y confianza. O en aquella otra del beso… qué secuencia tan puñeteramente bella.

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Puede que usted se esté preguntando por qué la película tiene tan peculiar nombre y por qué carajos es a blanco y negro, ambas cosas agradable e inteligentemente relacionadas. Eso no se lo voy a responder; se lo voy a dejar a usted para que tenga el placer de descubrirlo cuando vaya a verla a partir del 09 de octubre en las salas de cine.

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Andrés Vélez

Andrés Vélez es un literato excéntrico que vive en el centro de Bogotá, boxea a diario y se inventa proyectos imposibles a los que se dedica con devoción en los que SIEMPRE, de alguna u otra manera, el cine es el protagonista. Twitter: @andvecu

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