Entre Dos Mundos

1 octubre, 2015 |
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LA TERCERA ORILLA

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No voy a contar aquí la historia que narra Zwischen Welten; con que usted vea el tráiler que acompaña estas palabras será más que suficiente. Me voy a permitir el espacio para divagar un poco al respecto de la película y, con suerte, usted se animará así a verla en vez de pagar por alguna cosa bien maluca en el cine y luego salir quejándose porque no hay buena oferta en las pantallas nacionales.

Mucha sangre ha corrido durante muchos años. Muchos han quedado lisiados, desfigurados y locos. Muchos han muerto, muchos han matado, mucho se ha perdido en las guerras de este mundo (también mucho se ha ganado, no seamos pacatos) y aún hoy la guerra tiene para muchos un significado heroico y glorioso, tanto como para otros tiene una implicación maldita y desagradable. Lo segundo se entiende de manera obvia; lo primero, no tanto, pero se logra con el solo ejercicio de pensar, por ejemplo, que seguramente es más interesante dejar este valle de lágrimas hirviendo de adrenalina en un campo de batalla que hacerlo agonizando largamente en la cama de un hospital bajo la plaga del cáncer u otra enfermedad degradante. No tengo idea alguna acerca de si en el mundo real de los combatientes impera aún la ética del honor guerrero de la épica y los cantares, pero, desde luego, el arte ha hecho mil y mil veces de los guerreros unos modelos a seguir; en una buena obra bélica, libre de maniqueísmos, incluso los antagonistas dan rotundas muestras de conductas honorables nacidas de un código tácito de comportamiento para los combatientes.

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Luego está, por supuesto, esa otra cara de la guerra de las víctimas que el arte también ha dejado ver para horror y morboso deleite de sus espectadores. Y claro que sí, también están por ahí algunos casos raros de esos que uno no sabe muy bien dónde ubicar. Zwischen Welten es posiblemente uno de ellos.

Algo, pues, hay en la guerra poderoso y narcótico, de eso no cabe duda, y quizá ese algo sea lo que una a los combatientes del mundo bajo una red de solidaridad visceral y silenciosa.

Como algunas otras manifestaciones sublimes de la barbarie, la guerra tiene un poder hipnótico y sobrecogedor cuando la vemos de lejos. Independientemente de las implicaciones éticas del acto, no entender a los israelíes de Sederot que se reunían en una colina a ver los bombardeos en Gaza como un espectáculo es, a mi gusto, ignorar por completo el poder devorador de lo sublime. Algo, pues, hay en la guerra poderoso y narcótico, de eso no cabe duda, y quizá ese algo sea lo que una a los combatientes del mundo bajo una red de solidaridad visceral y silenciosa. O quizá no; puede que la guerra solo sea un hervidero de dolor y destrucción, porque, claro está, vista desde dentro (por fortuna para mí esto es una mera suposición) la guerra debe ser, con seguridad, inmunda, agotadora, hedionda y perturbadora.

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Zwischen Welten se aproxima al asunto de la guerra desde una posición diferente a las que aquí menciono, pero las toca ambas, por eso es una rara avis. Por ejemplo, por un lado, personajes como el del capitán Jesper (Ronald Zehrfeld) demuestran unos códigos honorables y una entrega heroica que ennoblecen su quehacer como combatiente, pero a su vez son caracterizados desde un dolor personal, patológico y obsesivo que los hace seres llenos de miedo y descontrol. La guerra es vista despojada de la división en blanco y negro, se retrata como un estado de cosas en el que hay quienes la viven sin pertenecer a bando alguno y que simplemente son arrastrados por ella como víctimas propiciatorias. Ese es el caso de Tarik (Mohsin Ahmady), quien solo busca salvar su vida y la de su hermana, y sobrevivir como mejor pueda en ese hogar que se ha convertido en un infierno.

Como sea, la película no se decanta de manera primordial hacia ninguno de los lados, sino que escoge un incómodo e interesante punto medio (o tercera orilla si se quiere) que intencionalmente mira a corta distancia, centrado en los pequeños dramas. Cosa, por otro lado, sumamente inteligente a nivel de producción, pero que trasciende este hecho prosaico y se convierte en una forma de ver y de filmar que transporta al espectador de manera vívida al pellejo de los personajes. Un ejemplo muy bello de esto es la secuencia en la que un convoy es atacado y todo se filma en planos claustrofóbicamente cerrados que se nutren con bruscos movimientos de cámara, un exceso fastidioso de luz y un sonido atolondrantemente incómodo. Nació con esa secuencia en mí la reflexión de que ningún gran guerrero dentro del campo de batalla puede realmente ver el panorama completo y grandilocuente de la guerra; verá la acción a la que lo limitan sus sentidos, sus prejuicios, sus dudas, sus miedos, etc. (quizá ahí esté la grandeza y a la vez la contradicción del POV en los juegos de video).

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Esta en realidad no es una película de guerra, porque no es la guerra su eje, sino su excusa contextual. Esta es una película sobre la vida emocional íntima de unos sujetos a los que les toca vivir un conflicto bélico que ni les compete: el Capitan Jesper es un alemán enviado a Afganistán a “proteger al pueblo afgano” por un ejército inhumanamente burocratizado que impone sin preguntar su mirada y sus códigos morales extranjeros sobre el territorio al que han llegado sin invitación de nadie; Tarik, por su parte, es un jovencito afgano al que la guerra le pasa por encima aunque sea ajeno a sus razones. Aquí no hay un belicismo honroso y emocionante, pero tampoco un claro anti belicismo. Aquí lo que hay es solo una extraña sensación de tedio, odio, miedo y depresión (¿el spleen de los guerreros?).

Aquí no hay un belicismo honroso y emocionante, pero tampoco un claro anti belicismo. Aquí lo que hay es solo una extraña sensación de tedio, odio, miedo y depresión (¿el spleen de los guerreros?).

Quién sabe, quizá todo esto da lugar a que la película se llame como se llama (Entre dos mundos en una fiel traducción española). De hecho, lo dicotómico que viene desde el título se vuelve un tópico generalizado en la película. El metraje arranca presentando al capitán Jesper en una dicotomía física compuesta entre agua y tierra como planteamiento simbólico, hay también dos bandos, dos países, una oposición tensa entre la vida y la muerte, entre la realidad y el recuerdo, entre el perdón y el rencor, entre la libertad y la opresión. La vida misma se configura como bifurcación y también, cruel coincidencia de la actualidad, como frontera.

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Ana María Díaz

Soy editora y fundadora de la editorial independiente El salmón editores y redactora de Imagina Bogotá. Tengo una predilección por los libros infantiles y quisiera saber dibujar para ilustrar mis propias historias.

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