El Instalador: hackeando arte en pliegues bogotanos.

3 agosto, 2015 |
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Ilustración Laura Vela

Las Filigranas de Perder. El Instalador.

Bogotá: Editorial Lectores Secretos. 2015.

Calificación: 7.5 sobre 10


 

Bogotá es una ciudad con pliegues y uno de ellos se encuentra en el barrio La Soledad. Este pliegue es una esquina donde las manchas no se cortan con puertas de negocios abiertos o se alteran con cortinas de metal oxidado. En él la pintura sigue su curso y se dobla en las paredes internas creando, a pesar de la continuidad, un nuevo espacio en el cual las formas explotan en texturas de ladrillo y mampostería. El pliegue tiene un nombre: Visaje Graffiti. A inicios de Junio, este pliegue tenía un pliegue dentro de sí: detrás de un telón, tres personajes se preparaban para realizar el performance que significa lanzar un libro. Un demonio, un Fawkes y un enmascarado, tras el nombre de Las Filigranas de Perder, iniciaron la lectura del manifiesto por la creación colectiva que dirigió la escritura de El Instalador.

Imagina Bogotá _ El instalador

Ilustración Laura Vela

El Instalador es una novela que es en sí misma una historia. El grupo Las Filigranas de Perder obtuvo con esta novela la Mención de Honor del Concurso Nacional de Novela en 2002, la cual –según comentarios- fue en realidad un premio de consuelo dado que se les quitó el primer puesto por ser un libro de creación colectiva. Desde ese año, la novela viajó a través de diferentes posibilidades fallidas de publicación; al final, se convirtió en una especie de mito urbano que recorría algunos espacios literarios. Todos habían oído de la existencia de El Instalador pero nadie había leído una página. Al final se corrió la voz que las únicas copias existentes estaban en discos estropeados que ya no se podían leer o que el Word 97 en el que fue escrita originalmente presentaba problemas para su traslado a un formato más nuevo, se comentaba del robo o deterioro masivo y continuado de los computadores que tenían alguna relación con la novela o, la más sencilla historia, que un virus informático la había carcomido hasta sus primeros borradores. La historia era imposible de seguir y se dificultaba mucho más dada la particularidad de su autoría: no había un nombre, un apellido y una cuenta de Facebook o Twitter a los cuales pedir una información puntual. El Instalador, sustentando la idea de la creación colectiva, fue escrito por un grupo: Las Filigranas de Perder, que ahora sabemos es conformado por Carlos Ayala, Ariel Acevedo y Néstor Pedraza. Después de una serie de premios nacionales, antologías pacifistas y proyectos de gestión cultural; el grupo se disolvió y sólo quedó una serie de rastros en blogs culturales y plataformas online. Cada vez más, El Instalador se fijaba como un nombre espectral que se veía ocasionalmente en las redes como los fantasmas vudú de los libros de William Gibson. Felizmente, y para anular definitivamente la proliferación de nuevos mitos, la editorial independiente Lectores Secretos, reunió de nuevo a los integrantes del grupo, ayudó a la reconstrucción y revisión del texto del 2002 y lanzó la novela a mediados del 2015, en su colección El Sanderín de Novela.

Imagina Bogotá _ El instalador

Ilustración Laura Vela

El Instalador es una novela que cuenta tres historias que dialogan, se entrecruzan y se complementan; es un tejido de detalle y prolijidad que va dejando pistas escondidas para poder ser leído, descubierto y disfrutado. Tal como el nombre del grupo lo dice, la filigrana estructural sobre la que se construye la novela permite entender a Bogotá desde otra perspectiva. Son tres voces, tres tiempos, tres formas de narrar y tres personajes que conforman los ejes alrededor de los cuales gira la historia de una sucesión de homicidios cometidos por un asesino serial en Bogotá. En medio de estos diálogos, aparecen espacios cotidianos que se establecen como marcas típicas de la vida bogotana: taxistas que escuchan programas de radio sobre fútbol a mediodía (o la HJCK), problemas de ruido con los copropietarios de una propiedad horizontal, entradas y salidas de los moteles de Fontibón, serenatas contratadas en la Avenida Caracas o incómodos periodistas de crónica roja; no sólo son un fondo pintoresco y exótico que da color a la novela, sino que marcan giros argumentales y narrativos. Así, la Bogotá que se construye en El Instalador es una ciudad oscura y criminal, una ciudad que vive en medio de las prisas de lo cotidiano pero que indica las normas del comportamiento interno. Por ello, todos los personajes se mueven a través de espacios de lo suburbano y lo ilegal; y se conectan a través de redes sombrías y no muy públicas.

Una de las herramientas que permiten esta creación de la ciudad, y que es uno de los elementos más interesantes de la novela, es el trabajo con los tiempos narrativos. Al inicio, la novela se asemeja a una compilación de relatos independientes, pero a medida que avanza, es claro que algunos referentes, nombres o espacios comunes empiezan a conectar los hechos en temporalidades básicamente fragmentadas. Entonces, notamos que una de las historias se cuenta con secuencialidad lineal, otra desde un presente que recoge sus pasos hasta un inicio de incertidumbre y una última da saltos temporales marcados por los asesinatos que hilan las voces. Es sorprendente cómo esta novela negra que se mueve entre interrogantes y reconocimientos (saber quién es el asesino), puede tejer estos tres tiempos de manera tan precisa. Los autores dan al lector la cantidad limitada de información de tal forma que éste puede llevar la pregunta hasta sus límites y continuar con la historia sin perder el hilo de la narración. Cada tiempo maneja una voz que establece no sólo el tono del personaje que narra, sino que diferencia cada uno de los apartes.

Imagina Bogotá _ El instalador

Así, en El Instalador aparecen personajes como X-Ray Asylum: un hacker que (como los “hikikomoris” japoneses) hace lo posible por no salir de casa y encuentra en la programación un sustituto de vitalidad social. En su búsqueda de amor adolescente, estados alterados de conciencia y justicia política, revela oscuros negocios que se mueven en medio de las redes ocultas y las instituciones del Estado. También está Roberto Ledesma, un mal periodista de crónica roja que traiciona sus amigos, oculta información y falsifica datos, para lograr su sueño: convertirse en columnista de un periódico reconocido. Asimismo, toma voz un asesino que quiere convertir el homicidio en una de las bellas artes. Al modo en que ya Harris lo hizo con Hannibal Lecter, el asesino de gustos refinados y conocedor de las estéticas de lo grotesco, practica sus “instalaciones artísticas” en ocultos prostíbulos y elegantes restaurantes con música clásica de fondo. Del mismo modo está el iracundo jefe del periódico Don Hernando o la hermosa y poco inocente universitaria Paula que mueve más hilos de los que se cree. Todos estos personajes, que limitan con la exageración paródica de los arquetipos del cómic, se mueven en una ciudad que simula ser un laberinto en el cual todos están destinados a encontrarse. Esta ciudad laberíntica, pero con muchos accesos ocultos y puertas-trampa, recuerda la clásica estructura de las primeras películas de Tarantino o las violentas comedias negras de Guy Ritchie. La ciudad como espacio del crimen (para usar las palabras de Cruz Kronfly) es una ciudad paralela a la nuestra y más real de la que muestran los medios de comunicación.

Por otro lado, El Instalador es una novela de hiper-referencialidad. Su estructura narrativa no solo hace una serie de homenajes a las películas de culto y los libros que marcaron parte de una generación que tiene ahora treinta o cuarenta años (desde los thrillers noir del cine norteamericano a la recuperación de la estética de la calle de La Gente de la Universal), sino que toma referencias de la Bogotá de “bajos fondos”. Los mercados nómadas en andenes, los prostíbulos del Barrio Santafé, la Residencia El Palmar, salones cerrados del Club El Nogal, los bares caros de la Zona Rosa; son nombrados constantemente y son descritos desde un imaginario clásico que ya forma parte de las historias orales y de la construcción de Bogotá como ciudad múltiple. Igualmente, se aprovechan todos los dichos de doble sentido, palabras populares, frases de cajón e historias urbanas, para armar diálogos que insinúan una participación lúdica del lector, convirtiendo a este texto en un divertimento eficaz. Las referencias se extienden también a la música, que aparece constantemente como fondo y abarca desde la música clásica y el metal progresivo, hasta las baladas románticas de Tori Amos (con suerte, el libro puede estar premiado con un disco que contiene la ecléctica banda sonora).

Imagina Bogotá _ El instalador

Ilustración Laura Vela

Es una lástima que el libro no haya sido premiado en el 2002, no sólo porque hubiera formado parte de una mitología de inicios del siglo XXI, sino porque en él es posible encontrar todos los elementos narrativos, elocutivos, formales y temáticos que estaban en boga cuando el milenio recién iniciaba. Más que una novela, El Instalador parece constituirse como un texto en el cual es posible encontrar todos los lugares en común que interesaban a una generación que recuerda con nostalgia los grandes cines del Terraza, la inauguración de “El antifaz” del centro, la troncal de la Caracas y que conocía cada uno de “los tres puentes”. Por momentos, la novela se puede llegar a sentir atemporal: las referencias a los sistemas utilizados (la dificultad de los cafés internet, el lujo de tener celular, etc…), algunas palabras, el señalamiento a espacios que ya no significan mucho; hacen que las acciones se pierdan en medio de series televisivas que ya han superado las muestras gráficas de violencia que pretenden sorprender al lector. Pero es quizá esa misma temporalidad la que acerca a otro tipo de lector, la que permite que esta novela sea un conjunto de referencias tejidas con la precisión de un corte quirúrgico. Para aquellos que siguen buscando en los textos de la década de los ochenta un contexto que ya no los identifica porque no les pertenece, El Instalador es una opción de reflejarse, de volver a verse y narrar la rumba, las drogas y la violencia de Bogotá con un lente diferente. Así como el pliegue en el cual se presentó, la novela tiene una serie de aperturas que abren a una Bogotá que muchos no quieren ver. Esos pliegues que se insertan en pliegues que a su vez son otros pliegues, se cierran tantas veces que forman un juego de espejos en el cual la realidad surge como tesoro final.

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¿Dónde consigo esta novela?

Está en las librerías La Valija de Fuego, La madriguera del conejo de la 85 y en San Librario.

También pueden pedirla a domicilio en lectores.secretos@gmail.com

 

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