BODY AND SOUL

4 septiembre, 2015 |
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TIPOINFONunca veremos la versión de Body and Soul que su director, Oscar Micheaux, quería mostrar al mundo antes de que la censura lo llevara a tener que hacer el montaje que hoy conocemos, con ese final horroroso rodado a las carreras y usando un Deux ex machina que manda todo al carajo y hace de la película el bodrio que nos vemos obligados a tragar hoy día.

Quizá en una dimensión alterna alguien tan insensato como yo esté haciendo este mismo ejercicio quijotesco de reseñar todas las películas de la Criterion Collection, y ese yo de otro plano puede que haya podido ver esa versión hoy desaparecida, pero también es probable que esta sea la única dimensión en que existió la esclavitud en Estados Unidos, así que, ¡al diablo!, no es justo juzgar esta película por lo que supuestamente era; hay que darle palo por lo que es, a fin de cuentas, eso es lo que hay y nada más.

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Oscar Micheaux, un hombre que en su niñez fue esclavo y que terminó convirtiéndose en realizador y productor de cine independiente, en una historia del american dream jodidamente rebuscada, fue el pionero del cine sobre la cultura negra norteamericana. Body and Soul no fue la primera película que hizo al respecto, pero seguramente sí sea una de las más recordadas. Hecha para ser exhibida en exclusiva para el público de raza negra, tardó unos larguísimos 75 años en llegar a ser vista por el público blanco, el cual, por simpatía, por sentimiento de responsabilidad histórica o por puro buen o mal gusto, la encumbró como una producción de importancia en la historia del cine.

La película cuenta la historia del reverendo Isaiah T. Jenkins (Paul Robeson en su muy respetable debut cinematográfico), un hombre que engaña a toda una comunidad con su fachada de hombre de Dios, cuando es en realidad un patán de cuidado. Este desalmado le echa el ojo a Isabelle (Julia Theresa Rusell), una negrita tímida y sabrosona con una carita de lela de esas que nos llenan a los hombres de bien de un morbo pecaminoso. Jenkins abusa de ella y, encima, le roba el dinero que su madre, Martha Jane (Mercedes Gilbert), ha ahorrado con tremendo esfuerzo. Pero claro, como la madre es idiota y prefiere creerle al pervertido pastor que a su hija, Isabelle se ve obligada a fugarse de casa, dejar tirado a su novio e internarse en la ciudad para morir de hambre.

Me llama especialmente la atención, en cambio, cómo esta película demuestra en 1925, a tan solo dos años del estreno de la primera película sonora, The Jazz Singer (Alan Crosland), una necesidad absoluta del sonido.

Hasta ahí todo bien; una tragedia muy naturalista en la que todo le sale mal a la víctima y es oprimida hasta la obscenidad por el victimario (como la vida misma, cruel, despiadada y anticlimática, cosa que a mí me encanta como espectador); encima libre de discursos raciales en los que el antagonista es el terrible hombre blanco, sino, todo lo contrario, concentrada en la idea de la maldad y depravación humana, pasando por alto el tan molesto engorro del asunto racial. Pero entonces se va la película entera al garete cuando descubrimos que todo fue un sueño de Martha y se nos echa encima un final feliz de esos que producen arcadas, en el que el novio de Isabelle se vuelve rico de repente y le da una vida dichosa.

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Como sea, la película, tal como la podemos ver, no carece de interés. El que a mí me resulta más notorio no es el del retrato de la cultura negra en un arte blanco como la leche. Me llama especialmente la atención, en cambio, cómo esta película demuestra en 1925, a tan solo dos años del estreno de la primera película sonora, The Jazz Singer (Alan Crosland), una necesidad absoluta del sonido. Todo en Body and Soul está al servicio de un habla que está muda por obligación y la película parece amordazada (esto sería una gozada para pensar el film como alegato del silencio opresor de las negritudes y esas cosas políticas que le encantan a las personas de buen corazón, pero cualquiera que me conozca un poco sabrá que no me voy a meter en ese zarzal). Tal es la importancia del sonido inexistente que Micheaux hace todo un ejercicio filológico de testimonio del inglés negro vernáculo, pero no tiene de otra más que hacerlo a través de los intertítulos, escribiendo en un inglés lleno de contracciones y deformaciones propias de la fonética negra del habla anglosajona.

Por lo demás, es de reseñar en contra de esta película, algo achacable, una vez más, a la maldita presión censora: su montaje resulta sumamente confuso y atropellado y la interpretación de la totalidad de sus personajes femeninos (cosa esta curiosa) es horripilante. Por fortuna, los hombres en aquí hacen un trabajo de interpretación genial, lleno de unos matices que Micheaux muy bien supo captar.

Pues bien, Body and Soul no es hoy, a mi gusto, más que una pieza curiosa. Les haré saber si tengo noticias de otras dimensiones menos ingratas con los negros.

4

 

No olvide revisar la escala de puntaje, para entender más a fondo la puntuación de este filme.

Andrés Vélez

Andrés Vélez es un literato excéntrico que vive en el centro de Bogotá, boxea a diario y se inventa proyectos imposibles a los que se dedica con devoción en los que SIEMPRE, de alguna u otra manera, el cine es el protagonista. Twitter: @andvecu

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