A Dog’s life

7 julio, 2015 |
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Cuenta la leyenda que Scraps, el entrañable perro que acompaña a Charles Chaplin en esta película, murió de literal tristeza cuando, después del rodaje, Chaplin tuvo que separarse de él. La biografía de este genio nos demuestra que sin duda tenía suficiente poder de atracción como para matar de tristeza a un perro con su partida, prueba de ello podrían haber dado sus cuatro esposas y el pequeño ejército de queridas que envidiablemente tuvo en vida.

Esta película cuenta una historia que gira en torno a ese perrito callejero que dan ganas de apachurrar de lo cuco que resulta. Se trata de un perro vagabundo cuyo camino se cruza con el de otro vagabundo, en este caso Charlot. Como vagabundos que son, su prioridad es puramente fisiológica y se dedican casi que por entero a buscar algo que llevarse a la boca. En un mundo que los margina y persigue, esa búsqueda se vuelve más que compleja y debe afrontarse con toda la malicia y picardía posibles. No hay de otra, o se burla la ley con elegancia o se muere de hambre (uno de los elementos esenciales del personaje de Charlot en todas sus apariciones).

 

Ese colofón le sirve a Chaplin para dos cosas: en primer lugar, para desarrollar una ternura que pone en estado de total congelación cualquier juicio del espectador y lo deja a merced de un efectísimo desarrollo dramático que incluirá incluso una historia de amor y otra de acción en una lucha contra ladrones menos amables. En segundo lugar, y esto es lo más interesante de A Dog’s Life, para articular una sucesión inagotable de gags de una elegancia y perfección que rara vez se puede ver en el slapstick. Bien se sabe, y esto es una verdad absoluta, no una frase de cajón, que Chaplin es uno de los más grandes representantes de este género, si no el más, y aquí lo demuestra al elaborar sus gags con maestría y detalle extremos, haciendo que hasta la acción cómica más enrevesada parezca totalmente natural y orgánica. Es en películas como esta cuando Chaplin le pasa por encima aplastante a sus competidores contemporáneos del género, especialmente a Harold Loyd (pero esa es harina de otro costal).

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En medio de risas, uno casi pasa por alto el hecho de la animalización del hombre en esta película

Como es costumbre de Chaplin, aquí no se le olvida dejar caer, como quien no quiere la cosa, unas gotas de su discurso sobre la naturaleza del hombre y su condición en la sociedad, así que, en medio de risas, uno casi pasa por alto el hecho de la animalización del hombre en esta película. Los delincuentes se comportan con Charlot como los perros que inicialmente persiguen a Scraps solo por ser el más débil y también como perros esconden su botín enterrándolo en la tierra, tal como si se tratara de un preciado hueso. Y así, en ese mundo canino en el que se está en constante riesgo de morir entre dientes o de pura hambre, Charlot escoge el camino de una cándida bondad improbable en semejante contexto, que lo recompensa con el final feliz del calor de la manada.

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