Una seguridad de los Cuidados

21 octubre, 2018 |

Existe actualmente una creciente necesidad de protección en las sociedades, el avance de dinámicas de individualización ha roto una serie de relaciones que son la base del tejido social, hace que vivamos en una guerra civil no declarada, en el caso colombiano esto tiene una expresión armada de larga duración, por esto los asuntos de la seguridad toman una especial relevancia en el debate público, sin embargo, la visión dominante de la protección-seguridad  -latente en toda la comunidad política- se ha cimentado con base en el miedo, la libertad negativa y la competencia.

Hay una profunda tarea de la transformación, que implica la búsqueda de nuevos marcos, disputar los contenidos de los actuales y construir nuevos anclajes sobre los cuales se puedan generar y asentar nuevos órdenes. En este sentido la protección-seguridad se debe plantear desde otros lugares, aquí sugerimos: el cuidado.

Definiendo la seguridad como un proceso social que busca la construcción de escenarios de interacción social basados en la convivencia pacífica –que mantiene el conflicto como garantía de libertad- pero basado en la empatía, la solidaridad y las prácticas del cuidado, es decir, una seguridad enfocada en la construcción de paz.

Ampliar la frontera del concepto permite desbordar los debates sobre lo militar y policial exclusivamente, y articular la idea de la protección a las prácticas de cuidado en al menos tres dimensiones: como Cuidado de sí (ámbito ético), como Cuidado del otro (ámbito político), como Cuidado de la comunidad y lo común (ámbito estratégico), en este sentido se supera la visión individualista de la seguridad humana pero retoma el camino en la ampliación de los ámbitos que involucra la protección-seguridad.

Esto permite generar nuevas formas de entender uno de los pilares de la hegemonía de las élites nacionales, que han fundamentado su discurso de dominación con base en la creación de una necesidad creciente de seguridad, agravada por el contexto de guerra civil de larga duración, al poner el centro del debate no en la amenaza sino en la construcción de un orden de los cuidados que avance en la superación de dinámicas de exclusión estructurales.

Para ejemplificar esta aproximación se puede observar el profundo debate sobre la financiación de la educación superior, en el que están presentes elementos de gran profundidad en la sociedad colombiana, que tienen relación con el proyecto de sociedad y que se refleja en la discusión actual, alrededor de las prioridades presupuestales, en esta coyuntura es común encontrar argumentos y consignas que recogen este debate.

El principal es la ponderación del gasto en seguridad y defensa frente a la educación que, desde una aproximación desde la seguridad de los cuidados, permite retomar la seguridad en su concepción original, dirigida principalmente a la función de protección, es decir, vinculada a las prácticas de cuidado.

Es así como en un contexto de guerra civil, uno de los factores que mayor capacidad explicativa tiene en torno a la generación de violencia son las vulnerabilidades y frustraciones sociales. La educación – y sobre todo la educación superior universal- permite desactivar dos grandes factores de violencia, por un lado logra armonizar los factores de frustración subjetiva producida por la brecha entre las aspiraciones y posibilidades, en otras palabras la educación es una vía para pensar, construir y cumplir los sueños; y por otro lado permite generar grandes saltos en la calidad de vida – no solo material sino también social, cultural, política, etc. -, es decir, permite dignificar la vida en sociedad.

Es aquí donde podemos plantearnos el debate sobre seguridad y educación, entendiendo la educación como una de las instituciones de cuidado fundamentales en las sociedades contemporáneas –junto a la protección social y la sanidad- y en este sentido frente al argumento de la necesidad de seguridad habrá que responder: ¡la educación es seguridad de los cuidados!