Tránsito restringido

29 mayo, 2015 |

El 23 de mayo de 2015 fui invitado por un par de amigos a asistir a la transmisión de la Gran Final del Concurso Eurovisión. Se realizaría una reunión en un bar de Bogotá. El afiche promocional mostraba a la famosa Diva Conchita Wurst, quien fue la ganadora de este concurso en 2014.

Eurovision se ha distinguido por ser un concurso en donde el respeto y la celebración de la diversidad tienen un lugar preponderante. Cuando me llegó la invitación, me pareció muy divertido asistir y ver cómo, desde este lado, podríamos celebrar con las estrellas de la canción del mundo europeo.

Soy transformista

Antes de salir me transformé: medias veladas color fucsia, zapatos de tacón dorado, vestido con falda dorada y blusa azul turquesa; maquillaje punketo, cartera dorada. Todo del más fino gusto. A veces me gusta transitar por la ciudad transformada en La Chiki, porque imagino una ciudad en donde la apariencia exterior no sea el óbice para levantar y fortalecer prejuicios.

Llamé a uno de los organizadores y le pregunté si le veía problema a que dos de las asistentes a la gala televisada fueran travestis. Invité a mi prima la Katrina; quien vino rauda a maquillarse, engalanarse y transformarse. Salimos alegres en un taxi al lugar de la cita.

Fiesta y despedida

Katrina y Chiki llegaron al lugar. Desde que nos bajamos sentí la mirada preocupada del vigilante de la puerta quien nos dijo que teníamos que esperar. Después de unos minutos vino otro vigilante, que parecía ser el jefe de seguridad del lugar y nos pidió excusas por la demora en la entrada, ya que “en este bar está restringida la entrada de ‘trans’”.

Sobre todo porque imagino una ciudad en donde la apariencia exterior no sea el óbice para levantar y fortalecer prejuicios.

Pensé que su afirmación era temeraria; recordé todo lo que se ha luchado por eliminar la discriminación en Bogotá y Colombia, y sentí en todo el cuerpo el peso de la gran paradoja: veníamos a ver a la Conchita, pero no éramos bienvenidas.

Entramos; consumimos cócteles como cualquier otro invitado; comimos; departimos con los amigos, y celebramos el triunfo de la representación de Suecia. Para todos, menos para los guardias, nuestra presencia era natural y divertida.

Al final del evento, uno de los organizadores dijo que podríamos seguir un rato en el tercer piso del local. Al mismo tiempo un guardia nos decía: “¿me colaboran con la salida?”

Entonces, los provoqué un poquito, les dije que si querían que nos fuéramos sin pagar; .  se les notaba el afán de sacarnos de su prestigioso lugar. Pagamos y quisimos acceder al tercer piso como todas las demás. Pero, de nuevo el “jefe” nos dijo que no podíamos; que ya nos lo había explicado al entrar y que nos teníamos que ir.

Así, nos fuimos… Luego, informé la situación a algunas personas que trabajan por los sectores LGBTI en la ciudad y me recomendaron  poner una denuncia. No sé si iré a denunciar, pero sí quiero contar en esta primera columna que la ciudad que yo imagino no se parece a esto.

@alejojaramilloh

Sentiidos

 


El bar donde ocurrió el hecho se llama El Mozo; queda en la calle 85 con 12 . La Alcaldía de Chapinero debería emprender más acciones de educación con quienes manejan este tipo de lugares de entretenimiento.