Sobre los tugurios verticales

26 junio, 2015 |

Se han propuesto, desde las políticas de vivienda en varias ciudades del mundo, proyectos habitacionales en altura para poblaciones que generalmente quedaban a merced de los mercados informales del suelo y la vivienda, o que simplemente carecían de un techo.

 

La iconica demolición del Pruitt Igoe en St. Louis, USA. Fuente: New York Times http://static01.nyt.com/images/2012/01/20/movies/20RDP_PRUITT_SPAN/20RDP_PRUITT_SPAN-articleLarge-v2.jpg

La icónica demolición del Pruitt Igoe en St. Louis, USA. Fuente: New York Times

Llegué tarde al debate sobre tugurios verticales (tarde en los tiempos de las redes sociales,  porque realmente fue hace un poco más de una semana), pero siendo que en este espacio reflexiono precisamente sobre cómo se resuelve la vida colectiva hoy, en una ciudad en la que por gusto o por obligación cada vez somos más quienes vivimos en edificios, no podía quedarme sin dar una opinión al respecto y mencionar otro de estos casos famosos.

El panorama es el siguiente: se han propuesto, desde las políticas de vivienda en varias ciudades del mundo, proyectos habitacionales en altura para poblaciones que generalmente quedaban a merced de los mercados informales del suelo y la vivienda, o que simplemente carecían de un techo.  Algunos de esos proyectos han fracasado, por una cantidad de razones que además varían según cada contexto. Esos fracasos, sin embargo, se han usado como sustento de argumentos generalizadores que si uno mira con más detenimiento no siempre se sostienen. El más poderoso de ellos es el que sugiere, explícita o implícitamente, que los pobres no pueden vivir en edificios.

La foto de arriba -33 edificios de viviendas públicas en St. Louis, Missouri fueron demolidos en 1972 – se ha convertido en uno de los íconos de este argumento, por más que muchos académicos y un muy buen documental han tratado de explicar el fracaso de este proyecto de vivienda con una mirada más cuidadosa que la que simplemente concluye que pobres en edificios equivale a tugurios verticales.

El argumento que se reduce al diseño urbano, o a lo puramente arquitectónico, muchas veces invisibiliza un problema social

Para el caso particular de Pruitt Igoe, la explicación no es simplemente que las personas de bajos ingresos no supieron convivir en semejantes densidades (a lo “es fácil sacar a la gente del ghetto pero no sacar al ghetto de la gente”, en la línea de la criticada “cultura de la pobreza”), o que sus lógicas de habitar el espacio son irremediablemente incompatibles con la vivienda en altura (como muchos académicos bienintencionados pero sin demasiado sustento empírico todavía argumentan). El fracaso del proyecto de vivienda, cuentan en el documental y en algunos artículos, se debió a que una ubicación central y un diseño “moderno” no bastaron para superar un ambiente de exclusión con base en raza y clase (les dieron vivienda pero igual no los contrataban en ninguna parte) y un contexto socioeconómico decadente (suburbanización, despoblamiento y reducción de actividad económica en el centro urbano).

¿Qué lección queda para Bogotá? Primero, entender que el éxito o fracaso de un proyecto en particular o de una política de vivienda en general está ligado necesariamente a un contexto social, político y económico más amplio. Segundo, y para mí más importante porque aquí es donde se da más debate, reconocer que el argumento que se reduce al diseño urbano, o a lo puramente arquitectónico (Edificios ¿si o no? ¿Bajitos o rascacielos?), muchas veces invisibiliza un problema social que es mucho más profundo: que no hemos podido todavía saber cómo avanzar de verdad hacia una sociedad menos excluyente y menos discriminadora.

En mis entrevistas con residentes de vivienda de interés social en edificios, la gente siempre trata de contestar a ese argumento: me cuentan los problemas de convivencia de sus conjuntos pero siempre al final añaden “pues buenos y malos vecinos, como en todos lados” o “esto pasa hasta en el norte”. La mayoría, además, está contenta de vivir en apartamento –incluso algunos de los que fueron reubicados por la ola invernal y pasaron de vivir en casas grandes a apartamentos, me han dicho que aunque “aquí quedamos como un pájaro en una jaula”, esto “es más chiquito pero más seguro”-. Obviamente hay que mirar que las viviendas sean de buena calidad, bien ubicadas, con espacio público y acceso a bienes y servicios urbanos. Pero asumir que altura equivale a tugurización –y sólo en el caso de las personas de menores ingresos, porque pocos ven con malos ojos que los de estratos altos en Bogotá vivan en edificio- es poner ahí la brecha y negarse a salvarla. Y el tugurio –horizontal, vertical, inclinado o de la forma que sea- seguirá existiendo.

@ahurtadot

Adriana Hurtado

Antropóloga con maestría en planificación y administración del desarrollo regional. Estudiante de doctorado en antropología (urbana), Universidad de los Andes.

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