Se destapan los problemas del Festival de Teatro de Bogotá

18 mayo, 2016 |

El legado de Fanny.
Del 2010 al 2016.
Una salvación que empezó mal.

La semana pasada se hizo pública una carta que Daniel Alvarez Mikey, hijo de Fanny Mikey, le envió al Señor William Cruz, presidente de la Junta Directiva del Festival Iberoamericano de teatro de Bogotá y de la Fundación  Teatro Nacional.  En su carta Alvarez Mikey señala que de casualidad, estando en el Banco de Bogotá para una diligencia personal se  enteró que en los próximos días la entidad aprobaría un préstamo por 2.500.00 millones de pesos al Teatro Nacional. Él como director ejecutivo y representante legal no estaba enterado. Tampoco sabía que la Junta Directiva había aprobado unos cambios en los estatutos para suprimir su cargo para concentrar en cambio, en la gerencia y en la Junta un amplio poder decisorio. Al final de la carta queda claro que lo que denuncia Alvarez Mikey es que para solventar las grandes deudas del Festival la Junta está pensando en comprometer los teatros de alguna manera.

Esta comunicación ha causado un revuelo en los medios y ha generado todo tipo de reacciones y comentarios. Algunos de ellos en exceso vehementes y acalorados  y virulentos. Además me asombra que algunas personas salgan a la arena a atacar y responsabilizar cuando ellos mismos después de la muerte de Fanny Mikey hicieron parte del nuevo equipo que comenzó a liderar Ana Marta de Pizarro como directora del Festival con el apoyo de la Junta Directiva de ese entonces. Asumieron responsabilidades y tomaron decisiones de manera conjunta.

A partir del 2009 comenzó a trabajar un nuevo equipo porque del anterior que venía trabajando con el Festival y el Teatro Nacional, al menos desde 1996 de manera estable sólo permanecieron algunos integrantes que sucesivamente fueron despedidos. Hice parte de ese equipo como Subdirectora Artística y decidí retirarme de mi cargo en el año 2009.

Ya en ese momento se hablaba de salvar el Festival y de salvar el legado de Fanny Mikey. De hecho Ana Marta hizo su campaña mediática para la dirección del Festival  con la frase “Yo soy la única que puede salvar el Festival. ¿De qué lo iba a salvar?; ¿De la bonanza económica?; ¿De los que nos habíamos quedado trabajando?; ¿De la confusión que sembraban los miembros de las Juntas?

Me permito contextualizar: Ana Marta de Pizarro había renunciado tanto al Teatro Nacional y al Festival  meses después de la muerte de Fanny porque iba a dedicarse a sus proyectos propios. Reapareció si mal no recuerdo a comienzos del 2009 con un despliegue en todos los medios, postulándose como la candidata más idónea para suceder a Fanny Mikey. Y su campaña fue exitosa. Quizás lo que pasó hace ocho años fue que primó la pasión sobre la razón. Y esto sucede justamente cuando se impone un discurso mesiánico y surgen abanderados de la causa. El primer festival sin Fanny fue apoteósico y botaron la casa por la ventana reportando la primera gran pérdida económica por un valor aproximado de 6 mil millones de pesos. Esta información la tengo porque hasta el 2011 seguí siendo la directora de La Casa del Teatro y en los Comités de la Fundación Teatro Nacional fuimos informados del estado financiero del FITB del 2010 y señalados también como responsables (al menos en parte) por no haber defendido el legado de Fanny Mikey, es decir por haber renunciado legítimamente.

Hoy, desde la distancia que da el tiempo puedo decir que la idea de salvar el Festival no funcionó. Porque hubo más fervor que análisis, y las Juntas no dimensionaron lo que implicaba hacer un festival sin una directora carismática como Fanny artista, gestora y empresaria, que lideraba un equipo con mucha experiencia. Los miembros de las dos Juntas también se enfrentaron en la defensa de lo que cada uno sostenía como la mejor manera de conservar el legado del Festival y de los teatros.  Creerse salvador es una postura adversa a lo que justamente se requiere en momentos de crisis: cabeza fría y ellos no la tuvieron.

Aprovecho este espacio para hablar bien de ese equipo estable que logramos ser por muchos años. Lo integrábamos Miguel Durán,  Víctor Sánchez, Wilson García, Mónica Suárez, Guillermo Restrepo, Rosario Díaz, Lina Uribe, Estelita Ríos, Jorge Vargas, Jorge Pinto y otros miembros que estuvieron por períodos o llegaron  después. Siempre que se habla del Festival, se habla de los fundadores de Fanny Mikey y Ramiro Osorio, y eso está muy bien; pero ahora que rompo el silencio me parece justo que a través de esta columna para los que no sepan existió un grupo importante, comprometido, experto, con experiencia, con mística que estuvo al frente de  por lo menos diez versiones del evento con continuidad.  Fanny Mikey contó con este equipo, ella nos escogió y sería bueno preguntarle a la Junta de esos años, si tuvo que desvelarse por algún hecho grave o por alguna irregularidad.

Nos fuimos por desconfianza en nuestra compañera Ana Marta de Pizarro y en el apoyo unánime y casi ciego que la Junta le daba. Habíamos perdido la credibilidad por lo que había hecho. Retirarse para planear una estrategia mediática agresiva no lo consideramos un buen modo de proceder.

En la historia del FITB, sólo hubo un antecedente de una  pérdida económica en la tercera versión del evento  y por esta razón Fanny Mikey decidió crear la Corporación Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y separar jurídicamente los dos eventos, para proteger el patrimonio inmueble de la Fundación Teatro Nacional. Lo que  siempre aprovechó muy bien fue el equipo humano de los teatros que a la par hacía el Festival y compartía la mística por los dos proyectos.  No es cierto que el FITB dejara  pérdidas. Tampoco era un gran negocio, pero sus estados financieros eran sanos y podía seguir funcionando hasta la siguiente versión.

El tiempo ha pasado y con la carta denuncia de Daniel Alvárez Mikey aparece la bandera de “Salvemos el legado de Fanny”. Más que generar campañas que por momentos rayan con el fanatismo hay que atender al contenido de lo que se denuncia.

Si hablamos hoy del legado de Fanny Mikey habría que dar debates más profundos  y de mayor alcance, sin salvadores de por medio y dejando por fuera las leyendas y la recordación personal en torno a Fanny. No menosprecio para nada el valor de esta memoria personal y emotiva, solamente señalo su  poca utilidad para analizar los malos manejos en la gestión del FITB.

De algunas de las entrevistas que he oído tengo que decir que la Ministra de Cultura denunció  un hecho grave y manifestó con franqueza su desconfianza en la Junta directiva del FITB. Lo hizo en el marco del respeto. El Ministerio buscando soluciones a la situación financiera del FITB, gestionó un contrato por 2.000 millones y los recursos fueron a dar a una cuenta embargada. El FITB no le informó al Ministerio de la situación en que se encontraba la cuenta.

 En el año 2013 el Ministerio de Cultura declaró al FITB  Patrimonio Cultural de Colombia como reconocimiento a su trayectoria, a su importancia y a su positivo impacto en las transformaciones culturales del país.  Es además el evento cultural y artístico que Bogotá reconoce como suyo y como parte de su identidad.  Hablar del Festival es por ende un asunto colectivo y las entidades públicas del sector cultural deben intervenir de manera muy directa en lo que ha venido pasando  y que hoy indica una quiebra inminente del FITB.

Hay que analizar y dimensionar cuáles han sido las causas de tales pérdidas: ¿sobrecostos, mecanismos de control del gasto que no funcionan?; ¿una organización interna atomizada? También preguntarse qué negociaciones y alianzas se han hecho buscando remedios que tal vez han resultados ser peores que la enfermedad que ya era grave en el año 2010.

Tiene mucha razón Andrés Hoyos, director de la Revista El Malpensante, cuando dice: “Cuando hay pérdidas muy grandes se deben dar explicaciones muy grandes”

Además de la gravedad de la situación financiera, el Festival de hoy no puede seguir planteándose con el mismo discurso de hace casi diez años. Por ejemplo, la magnitud del FITB hay que cuestionarla. La  apuesta por la cantidad la impuso Fanny Mikey porque en ese momento (1988) y en los años siguientes funcionó bien como estrategia para generar un cambio radical en una vida cultural más bien sosegada y con poca confrontación con el resto del mundo. Pero el Festival siguió creciendo y manteniendo la cantidad como un criterio. Ya en el 2008 la programación sobrepasó los límites de ediciones anteriores. La viabilidad presupuestal de la programación internacional del FITB hay que analizarla a fondo. Los costos del espectáculo internacional son muy elevados dada la devaluación del peso frente al dólar y al euro y sin embargo el FITB mantiene una dimensión que no se compagina con esta realidad económica.

Hace ya cuatro años que el FITB hizo un cambio en la programación colombiana incrementando el número de grupos participantes. Ahora están casi todos los que son. Alrededor de 140 compañías de todos los géneros y trayectorias. También las modalidades de participación cambiaron: algunos reciben honorarios, otros van por porcentajes de taquilla. Muchas de las salas de teatro independiente son sede del Festival. ¿Esto, qué significa?, ¿Ya al Festival no le parece importante hacer una selección de los montajes nacionales? ¿es mejor estrategia la inclusión general para tener a todos contentos?. De nuevo, la cantidad como criterio se impone. ¿Quién decanta?. Parece ser que el trabajo juicioso del programador por lo menos para la franja del teatro colombiano ya no se requiere.

Desde el 2008, la vida cultural y teatral de Bogotá ha cambiado. Existen otros teatros, eventos, muestras, festivales menores, festivales alternativos y si bien el FITB cuenta con el reconocimiento de la ciudadanía y es innegable su valor y positivo impacto tampoco su importancia debe ser  incuestionable.

A las actuales directivas del Festival poco les interesa la discusión, porque piensan al igual que parte de la sociedad que el legado de Fanny  Mikey es una especie de ente inmutable y puro, que hay que seguir repitiendo.

Los tiempos cambian y el Festival debería repensarse. Las entidades culturales públicas tienen la responsabilidad de participar considerando que el impacto del FITB en la vida cultural no se ha evaluado en profundidad y es sano hacerlo para saber sobre qué bases se replantean algunos aspectos del evento y se exigen los correctivos financieros.

Si el Festival Iberoamericano es de todos y es patrimonio cultural de la nación, y  recibe dineros públicos quedamos a la espera de explicaciones válidas y  de que la Junta Directiva diga algo más convincente; porque decir que tenían que cambiar los estatutos por su antigüedad es una salida cínica.

Por favor cambiemos el discurso de los salvadores por el de ciudadanos con derechos a explicaciones y a rendiciones de cuentas. Justamente el sentimentalismo ofrece el caldo de cultivo para todo tipo de ataques y defensas en el terreno de lo personal con la consecuencia de la  minimización y banalización de  la gravedad de los hechos.  En este enfrentamiento ya la Junta directiva hizo uso de la omnipotencia de la cual habla Daniel Alvarez Mikey en su carta y lo destituyó oficialmente. Faltaba él. Esto es indignante, repudiable y hay que apoyar incondicionalmente a Daniel en su defensa legal y moral.

 

Quedamos a la espera de que nuestras entidades culturales públicas también nos den respuestas y nos presenten “las explicaciones grandes” que el Festival le debe a su público y a la ciudadanía, porque no se trata como dice Ana Marta de enfrentamientos entre entidades que adquirieron “tinte público” . No. son asuntos públicos  en todo el sentido de la palabra. ¿O un evento puede seguir presentando un balance negativo sin mayores repercusiones? Cuando  las inversiones públicas en el sector cultural se han reducido de manera tan drástica, resulta que al Festival todo lo que se le entrega  le parece poco y le resulta insignificante. El presidente de la Junta afirmó en la entrevista en La W Radio que el aporte de Ministerio de Cultura es apenas el 7%  y el del Distrito supongo yo, será otro tanto. Me pregunto entonces,  si hacen un Festival que cuesta  30.000 millones, por qué no consiguen todos los recursos en el sector privado pues según afirmaciones dadas en la misma entrevista obtuvieron  ingresos (2016) de 15.000 millones por concepto de taquillas, y los recursos públicos corresponden a porcentajes muy bajos de los cotos totales.

Haciendo cuentas a  grosso modo, el aporte de las entidades públicas equivaldría a 4.500 millones de pesos, una cifra que para el Festival no es muy representativa, es decir siempre será un porcentaje muy bajo del costo total del evento. En cambio las cifras que las entidades culturales invierten en programas de estímulo, en apoyos a salas concertadas, y en los diferentes sectores son muy bajas frente al crecimiento y demandas del sector.  Esos 4.500 millones se convertirían en la gran cifra para apoyar el desarrollo de nuestras artes escénicas, las nacionales.

El Festival no puede seguir siendo intocable e incuestionable, así el público llene las salas y se hable de la maravillosa gestión de la Junta y la directora. Los “buenos resultados” los han logrado perjudicando a sus proveedores, a artistas y grupos, a personas que trabajaron por años.  Siempre han sido  prepotentes y soberbios pero con el despido de Daniel Alvarez Mikey dejan ver su falta de ética.

Cierro con una frase de “Antígona” de Sófocles, el texto final del Corifeo:
“La prudencia es el principio de la felicidad. No hay que ir contra las leyes divinas. Los discursos soberbios se pagan caro. ¡Qué tarde se aprende la cordura!

 

Agradezco a Imagina Bogotá este espacio de opinión.

Adela Donadio

Estudio Filosofía y Letras y realizó una Especialización en Literatura Hispanoamericana. Es gestora cultural, directora de teatro y profesora. De su trayectoria profesional como gestora se destaca el largo período de vinculación al Teatro Nacional y al Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá de 1996 al 2011. Dirigió La Casa del Teatro Nacional, La Escuela de teatro y todos los proyectos artísticos y pedagógicos de esta sala. Hasta el 2009 fue la Subdirectora Artística del FITB, en el campo de la curaduría, proyectos de coproducciones internacionales, eventos académcios, contratación e impresos. Del 2012 al 2014 tuvo el cargo de Subdirectora de los Equipamientos Culturales del Idartes; la gestión, programación y proyección de los escenarios públicos de Bogota . Ha dirigido obras de autores colombianos, argentinos, alemanes contemporáneos y textos clásicos. Actualmente es profesora de la Universidad Javeriana.

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