Rompiendo la burbuja

29 noviembre, 2015 |

Son las 5:35 de la mañana y, todavía con los ojos más cerrados que abiertos, oigo como mi hermano cierra la ducha del baño, indicando que me ha llegado el turno. Entra mi papá a mi cuarto para despedirse y robarme un poco de la loción que le cogí para el fin de semana. Llega a su consultorio antes de las 6:00 de la mañana, “para que me rinda el día y no me coja trancón”, dice él. Y creo que tiene razón, porque Bogotá se vuelve caótica apenas inicia el pico y placa. Tras despedirme de él, le hago una gambeta a la bañada y duermo cinco minutos más, que a veces se convierten en diez. Al darme cuenta que voy tarde, me levanto apurado, cojo dos toallas y entro a la ducha con un buen parlante y mi celular conectado a una lista de canciones previamente escogidas. “Que suenen dos, y me salgo”, es mi pensamiento constante, mientras termino de repasar en mi cabeza algún tema de la investigación que tocaba hacer, de la que seguro habrá quiz. Apurado por la hora, desayuno con mi mamá y con mi hermana mientras ojeo el periódico, me lavo los dientes y, con las lecturas y el cinturón en las manos, salgo de mi casa. Recojo a unos amigos que viven cerca de mí y paso por mi primo, año y medio mayor que yo, quien decidió salirse del molde familiar y estudiar la misma carrera que todos, pero en una Universidad diferente. ¡Arriesgado él!

Rara vez decido escuchar la W o la FM: soy de la teoría que oír que volaron el oleoducto no es la mejor manera de iniciar una semana.

Siempre es el mismo recorrido, que inicia pasando, creo yo, el único puente en el mundo que tiene menos de treinta metros y que termina en un semáforo que, a su vez, cambia en momentos distintos, dura diez segundos en verde, se demoraron más de dos años en su construcción y, para colmo de males, no tiene espacio para que camine el peatón: no es nada más y nada menos que el puente que conecta a la 11 con la 106. ¡Claro ejemplo de la pésima planeación de ciudad de los últimos años!

En el carro, los temas de conversación son muy similares, en donde se destacan los resultados de los parciales y del semestre, temas del fin de semana, Bogotá y sus múltiples problemas y asuntos de la familia. Rara vez decido dejar la W o la FM: soy de la teoría que oír que volaron el oleoducto, que mataron a una familia, o que los robos en Bogotá van en ascenso no son la mejor manera de iniciar una semana. Por eso, conecto el cable auxiliar y pongo música. Séptima trancada, Circunvalar que anda rápido y llegada a la Universidad, siempre más temprano de lo que me gustaría. Me despido de mi primo, quien sigue su camino, y entro a clase. Así es mi llegada a la Universidad, un suceso que, a pesar del estrés por un posible quiz que me amargue el resto del día, me cambió la forma en la que miro el entorno que me rodea, que me dio a entender que no todo gira alrededor mío y que el mundo real es muy distinto al que conocía.

No he sabido lo que es irse a dormir con hambre, lo que es tener que trabajar para llevar las riendas de una familia sin un papá responsable o lo que es tener que hacer interminables filas para solicitar atención médica básica.

Cinco meses atrás, todo era muy distinto. El bus del colegio, que pasaba sagradamente a las 6:10 de la mañana, siempre nos esperaba. Y digo “nos” porque salía al paradero con mis hermanos. El mismo puesto en el fondo del bus, con la posibilidad de acostarme, estaba destinado para mí aunque, distinto a la gran mayoría de amigos míos, nunca me podía dormir. Detestaba el trancón de la autopista norte y el frenado, cada dos segundos del bus, como resultado nuevamente de una pésima planeación distrital, en donde se pasa de tener siete carriles a solamente tres. Algunas preocupaciones mínimas, como las que tiene todo estudiante de colegio, que se centraban en pasar física, en ver qué cuál era el plan para el viernes por la noche o en que aquella persona con la que estaba hablando me respondiera y no me dejara en el tan doloroso chulo doble azul. No quiero que suene a comentario elitista, pero mi vida giraba entre el colegio, mi casa, la casa de mis amigos, el club y las salidas de fin de semana.

Así era mi vida antes de entrar a la Universidad y es la misma a la de muchos jóvenes que, como yo, tuvimos la fortuna de nacer, crecer y vivir dentro de un núcleo familiar al que nunca le ha faltado nada. No he sabido lo que es irse a dormir con hambre, lo que es tener que trabajar para llevar las riendas de una familia sin un papá responsable o lo que es tener que hacer interminables filas para solicitar atención médica básica.

Así era mi vida antes de entrar a la Universidad y es la misma a la de muchos jóvenes que, como yo, tuvimos la fortuna de nacer, crecer y vivir dentro de un núcleo familiar al que nunca le ha faltado nada.

La burbuja de mentira en la que estaba inmerso se empieza a romper con mi ingreso a la Universidad, y la realidad de millones de bogotanos me demuestra que el mundo es muy distinto a lo que uno conoce y muy parecido a lo que uno oye en esas emisoras que decido no escuchar por las mañanas.

Ya no es el bus blanco del colegio que me esperaba sagradamente; ahora es el bus del SITP Provisional el que no espera y en el que el puesto que me guardaban en el del colegio, ya no está. Un bus en donde poco se respeta al otro, en donde la cultura del “yo primero” prima y en donde a pocos les importa mirar más allá de sus dos metros cuadrados de espacio.

Ya no se puede dejar tirada la maleta, como sucedía cuando cursaba once; en el mundo real roban, llegando al punto de poder acabar con la vida de una persona si no entrega lo que se le solicita. ¡Sí que se aplica el dicho de la papaya!

Ya no es la misma gente a la que uno veía todos los días y con la que tenía millones de similitudes; ahora, la interacción con personas que piensan diferente a uno, que viven diferente a uno, que ven el mundo diferente a uno, se vuelve una constante de vida.

Si bien mi vida diaria sigue su rumbo, la entrada a la Universidad me demostró que la burbuja de mentiras en la que estaba inmerso no es más que el peor reflejo de lo que somos como sociedad.

Ya la mesada no rinde tanto como cuando no había mayor gasto que la arepa, el brownie y el jugo en la tienda escolar o la invitación a comer a esa misma que, de vez en cuando, me dejaba en doble chulo azul; ahora, entran a hacer parte de los gastos mensuales los libros, las fotocopias, los almuerzos, la recarga de Tu Llave, la gasolina del carro en botón amarillo, el parqueadero… en fin.

Si bien mi vida diaria sigue su rumbo, la entrada a la Universidad me demostró que la burbuja de mentiras en la que estaba inmerso no es más que el peor reflejo de lo que somos como sociedad. No es que me haya vuelto izquierdista y que defienda las tesis comunistas o socialistas que tanto daño le han hecho a gran parte de la humanidad, pero sí creo que los “jóvenes con suerte” estamos llamados a empezar a demostrar que cambiar un país como el nuestro sí es posible. Y, la primera acción para esto, consiste en romper esa burbuja ficticia, superficial y muy bien cuidada por quienes la podemos tener. No dejaré de viajar en vacaciones ni otras comodidades que la vida les ha permitido a mis papás y a mi familia brindarme. Pero, creo yo, que entre más se tiene, más se debe dar y hay más responsabilidad con el mundo y con la sociedad, con su cambio y su devenir cercano.

Sólo cuando entendamos lo anterior y cada quien rompa su propia burbuja, estaremos un paso más cerca de conseguir la tan anhelada paz que pretenden firmar en La Habana, a como dé lugar y como salga, en menos de cuatro meses. La verdadera y la duradera es aquella que se generará cuando podamos unirnos en torno a lograr que aquellos que no tuvieron nuestra suerte, por cuestión de nacimiento, la puedan alcanzar por sus logros, por su esfuerzo y bajo el apoyo que nosotros les podamos generar.

Santiago Bonivento

Joven bogotano. Estudiante de Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana (2015). Expresidente del Consejo Estudiantil del Gimnasio La Montaña (2013- 2015). Fundador de la Alianza Consejo de Consejos de Bogotá (2014 – 2015). Miembro del equipo organizador de TEDxYouth@GLM (2014) y de la Junta Directiva de Congreso Joven (2015). Ponente en el IX Encuentro Nacional de Líderes Estudiantiles (2014). Fiel convencido de la unión para transformar y del actuar para trascender. También escribe en KienyKe @boniventos

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