Riesgo y Ritmo: SUPERMARZO cultural

3 marzo, 2016 |
Festival Iberoamericano de Bogotá, del 11 al 27 de marzo de 2016. FOTO: HAMLET, DINAMARCA. Tomada de FIBT

Estamos a pocos días del inicio de una de las temporadas más llamativas en la historia de la oferta cultural internacional en Bogotá: la Filarmónica de Viena bajo la batuta de Valery Gergiev en el Mayor, los abuelitos, sus majestades satánicas, los Rolling Stones estarán en el Campin, simultáneamente el Festival Estéreo Picnic persevera en una nueva y maravillosa edición y el Festival Iberoamericano de Teatro, con sus corolarios off,  envolverá nuevamente la Semana Santa de la capital del altiplano andino, ya no tan adusto ni lluvioso como antaño. Todo ello, a pesar de la tremenda subida del dólar y el euro.

Una descarga en que la  escasa «industria cultural» del país muestra su potencial de impacto, no solo artístico, sino económico. Y siguen siendo pocos las investigaciones que se acercan a ese impacto tanto en lo artístico, como en lo económico. Esperemos que este mes de marzo de 2016 sea un buen material de estudio para quienes se interesan por la gestión cultural, las relaciones que propicia el intercambio cultural internacional, y lo que se suele denominar «la derrama económica» de los eventos culturales. Y esta es también la ocasión para palpar la gran brecha económica que existe entre la difusión de las artes escénicas internacionales y la producción y difusión de las artes locales y cotidianas, en modo alguno, la única brecha existente en el campo cultural.

Una descarga en que la  escasa «industria cultural» del país muestra su potencial de impacto, no solo artístico, sino económico.

Asociada a este complejo mundo del espectáculo público tenemos una de las pocas leyes con que cuenta el campo de las artes en el país, la ley 1493 de 2011, que se empieza a conocer comúnmente como la LEP, Ley del Espectáculo Público en Colombia, y cuya principal ambición es la de conformar un marco de normatividad claro, simplificado y transparente que beneficie a todos: empresarios, públicos y, a los gobiernos locales en sus funciones relacionadas con la seguridad y el recaudo fiscal.  La LEP surgió de las entrañas de unas cañerías bien enrevesadas que asfixiaban la emergencia de una industria del espectáculo. Las anti técnicas e ineficaces cargas y normas vigentes antes de 2011, tenían su raíz en dos prejuicios (todavía vivos por ahí): el que las artes escénicas son un lujo banal que debe ser gravado de más (impuestos del 5% a honorarios de profesores invitados y del 30% a los de artistas), y el que hace de ellas un producto nocivo que hay que evitar, disuadiendo su consumo mediante impuestos específicos como aquellos que van al alcohol y al cigarrillo. Ya lo decía David Mamet, ¡profesión de putas!

La programación internacional de este marzo 2016 en Bogotá, nos dejará sin aliento y con una contribución parafiscal cercana a los 4 mil millones de pesos que irán al desarrollo de la infraestructura de escenarios en la ciudad, como lo acordó la LEP.

La LEP llevó siete años de maduración y pasó por las manos de cuatro ministras. En su construcción participaron dos de los directores de la DIAN y un ex ministro y director del Banco de la República. El Ministerio unió sus fuerzas a Bogotá, Cali, Medellín y otras capitales que sumaron sus avales, decididas a acabar con las contradicciones entre los gobiernos locales y el nacional respecto del sistema de exoneraciones. En este camino, el Congreso “pasó” una Ley del Teatro, cuyo impacto al día de hoy, como tantas otras leyes en el campo cultural, desconocemos. Así, sumando investigación, adeptos y superando recatos, surgió una ley de incentivos cruzados que, por una parte, derogó impuestos anti técnicos e inequitativos (el impuesto de pobres, el del deporte y el alto gravamen a los honorarios de artistas internacionales que pasó del 30% al 8%) , y generó un aporte parafiscal (10% de la boletería de costo superior a los 3 salarios mínimos vigentes, + 88 mil pesos) que busca cohesionar la industria del espectáculo al apoyar solidariamente la emergencia de la pequeña y mediana industria al lado de la gran industria del espectáculo. Este largo proceso logró una ley de inclusión y equidad, esto en un doble sentido: el reconocimiento de la producción de las artes escénicas como una industria que merece también incentivos, y disminuir las distancias de la pirámide del sector de las artes escénicas para cohesionarlo y fortalecerlo.

La programación internacional de este marzo 2016 en Bogotá, nos dejará sin aliento y con una contribución parafiscal cercana a los 4 mil millones de pesos que irán al desarrollo de la infraestructura de escenarios en la ciudad, como lo acordó la LEP. Se calcula que en el presente año el recaudo alcanzará los 10 mil millones de pesos, recurso muy importante, por estas épocas de restricciones que no deberían tocar a la cultura, ya de inversión bastante limitada, comparada con otros derechos y sectores productivos del país. Al implementar la LEP en 2012, Bogota conformó el Comité de la LEP, espacio de participación, similar al Consejo Nacional de la Cinematografía pero de nivel distrital, donde participan delegados de varias disciplinas de las artes escénicas y representantes de los grandes empresarios. Hasta el día de hoy, los recursos LEP han permitido, sobre todo, adecuar y dotar escenarios tradicionales de las artes escénicas de la ciudad, entre públicos y privados, haciendo avanzar sus condiciones de seguridad, calidad técnica y comodidad. En este contexto, la LEP y su comité en Bogotá, tienen grandes retos por delante. Es necesario escuchar las voces de los empresarios del espectáculo que tienen varias demandas legítimas sobre las condiciones en que se desarrolla su trabajo y es necesario invertir en estudios que orienten las políticas públicas en su espíritu de inclusión, equidad, y competitividad con una visión de mediano y largo plazo. Hay, sin duda, un paralelismo entre la LEP y la Ley del Cine, sus recursos han servido al desarrollo de la expresión creadora de nuestra sociedad. Leyes así son las que necesita la cultura, y en particular el sector de las artes vivas.   

Lamentamos sí, el que no se haya logrado la transmisión en directo por Canal Capital de apartes del concierto de los RS, como se logró con el concierto de McCartney en abril de 2012. La inversión seguramente hubiera retornado, como en aquella vez, y hubieran ganado el Canal y la democracia cultural. Esperemos que renazca este servicio conexo que permitió hacer del Canal público de Bogotá un instrumento para ampliar las audiencias de los grandes espectáculos llegando a miles de hogares ávidos de participar de un tal Super MARZO cultural.

Clarisa Ruiz

Gestora cultural y escritora, ha trabajado en el sector público, en el privado y ha participado en la creación de varias fundaciones . Fue Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, Directora de Artes del Ministerio de Cultura y Directora del Teatro Colón. Acompañó a Fanny Mikey en 4 de las primeras ediciones del Festival Iberoamericano de Teatro, subdirectora del Teatro Nacional, directora de la Casa del Teatro, directora de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB). Ha sido docente de gestión cultural, y entre sus libros se encuentran: La Voz del Jaguar con Random House, Palabras que me gustan, SM y El cartero enamorado con Panamericana.

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