Reserva Thomas Van Der Hammen e investigación científica

2 marzo, 2016 |

En la discusión sobre la posibilidad de urbanizar la Reserva Thomas van der Hammen que ha planteado el alcalde Enrique Peñalosa se entrecruzarán tres dimensiones de la vida social: la política, la ciencia y el derecho. La presencia de la ciencia, distinta de la técnica, en un debate sobre decisiones públicas no es tan usual, pero, en este caso, los argumentos científicos han estado y estarán en boca de los políticos y de los ciudadanos, y se movilizarán en los procesos judiciales que, todo parece indicar, serán el escenario final de resolución de un conflicto que no parece tener posibilidades de consenso.

No en vano señala el antropólogo Norbert Rouland que la cultura occidental se caracteriza por el hecho de que las relaciones con la naturaleza están mediadas por la ciencia, que ha jugado el papel de legitimar, incluso de presionar,  cambios en políticas públicas o los débiles avances en la adopción de una agenda global. A la ecología, una disciplina de síntesis e integradora, le ha correspondido difundir, progresivamente, una visión dinámica de las relaciones entre especies, incluida la humana, y su entorno, y de la  naturaleza como condición necesaria de supervivencia de la humanidad.  

En la producción de conocimiento científico hay un juego permanente entre racionalismo e imaginación que se expresa en la  investigación.

Edgar Morin muestra cómo, en un determinado momento histórico, la ciencia se hizo relativamente autónoma de la moral y de la política, separación que hoy se admite como  saludable y necesaria. La ciencia conserva esa autonomía con base en dos registros: el consenso y el conflicto, el primero la regula, el segundo la vitaliza. El consenso se logra por el principio del respeto a las informaciones objetivas y del valor del conocimiento por el conocimiento, cualquiera que sean las consecuencias filosóficas, morales o políticas. Cuando observadores y experimentadores, bien diferentes por sus ideas y su origen, se ponen de acuerdo en relación con una observación, un experimento o una teoría, se establece el consenso. Pero, de otra parte, la ciencia progresa por el conflicto de teorías, de postulados o de paradigmas. La ciencia no posee una única verdad sino que es el lugar de las verdades, su papel es el de permitir que las verdades se confronten.

En la producción de conocimiento científico hay un juego permanente entre racionalismo e imaginación que se expresa en la  investigación científica. Y una investigación científica arranca siempre con una pregunta, a partir de la cual las destrezas, las posturas éticas y la imaginación creativa y creadora del investigador hacen avanzar el conocimiento. La solución del problema inicial hará surgir un nuevo conjunto de problemas. Enunciar preguntas bien formuladas y verosímilmente fecundas, plantea Mario Bunge, constituye el paso fundamental del método científico, a las que seguirán las acciones de puesta a prueba de las conjeturas con la experimentación, de derivar consecuencias lógicas y manejar técnicas para someterlas  a la contrastación hasta comprobar su relevancia, someterlas a interpretación y establecer criterios de validez.

Por eso, la investigación requiere, antes que todo, de la libertad y la imaginación del investigador para formular una pregunta. Y de ahí se deriva la relevancia de los mecanismos de financiación de la investigación para que no lleguen a implicar restricciones o límites a esa autonomía.  Hace años mi profesor de Metodología de la Investigación me indicó que hay una diferencia sustancial entre investigación y consultoría (que incluye algunos de los pasos del método científico) y es que en esta última quien formula la pregunta es quién contrata, no el investigador.

En este caso, es de temer que el gobierno distrital no solo formule la pregunta, como ocurre en la consultoría, sino que también establezca, a priori,  la respuesta.

La mayoría de los estudios que llevaron al conocimiento de la Sabana de Bogotá, a la construcción del concepto de estructura ecológica y a la identificación del sector que hoy se llama Reserva Thomas van der Hammen -que no había sido, ni ha sido urbanizado-, como un ecosistema único en la región, responden al método científico, fueron elaborados por  investigadores de profesión, y estudiantes de doctorado que a través de numerosas investigaciones, como lo explicó el profesor del Instituto de Ciencias Jesús Orlando Rangel en el programa de UN Análisis del 3 de febrero de este año, produjeron el conocimiento que se sintetizó en un estudio financiado por la CAR y que sirvió de soporte a la toma de decisiones por parte de la Corporación Autónoma de Cundinamarca y del Ministerio del Medio Ambiente, en los años 1999 y 2000, respecto a la estructura ecológica regional y las condiciones de restablecimiento de variados ciclos y procesos ecológicos en la Reserva Thomas van der Hammen.

La semana pasada las entidades distritales anunciaron que realizarían los estudios necesarios para justificar ante la CAR la supresión del régimen de reserva forestal de esta zona al norte de Bogotá, primer paso para dar pie a la posterior implantación de usos urbanos. Esa entidad ambiental, como muchas otras, es y debería ser un espacio para la confrontación científica. Pero, en este caso, es de temer que el gobierno distrital no solo formule la pregunta, como ocurre en la consultoría, sino que también establezca, a priori,  la respuesta. Habrá que ver cuáles son los investigadores, o más bien los consultores,  que asumirán la tarea de elaborar una respuesta.