¡Próxima gran inauguración! El adefesio del Parque Bicentenario

13 junio, 2016 |

 

Estuve visitando el fin de semana anterior los alrededores de lo que se ha denominado el Parque Bicentenario, en la calle 26 en Bogotá. Sin duda será un alivio, para el sector y para la ciudad en general, que estas obras concluyan. Ya en 2013 el ambientalista y paisajista alemán Dieter Magnus, invitado por el Instituto de Patrimonio de Bogotá, había determinado al final de su visita: «No hay más que hacer, termínenlo y pónganle mucho verde, mucho verde».

Una de las situaciones más complejas que manejó el sector cultura en la pasada administración fue la del Parque Bicentenario. No por ser una obra inconclusa, situación regular cuando hay cambio de gobierno, sino porque estaba en curso una discusión urbanística entre un grupo de vecinos, la Alcaldía Mayor, con varias de sus instituciones involucradas, y el Ministerio de Cultura.

Antes de asumir el cargo de Secretaria de Cultura tuve conocimiento del problema y pensé que era poco usual que unos vecinos, agrupados en esta ocasión bajo el nombre de “Habitando el Territorio”, lograran organizarse y actuar durante varios años por una causa, en esta ocasión la afectación del paisaje cultural que constituiría la construcción del Parque Bicentenario. Una antigua idea de Rogelio Salmona que se vio tergiversada por la imprevisión de los estudios y, el consecuente, cambio de alturas de lo que originalmente debió guardar una armonía con su entorno, pero resultó en una protuberancia incrustada a las malas en la ciudad.

En los primeros días de 2012 el Alcalde recibió una carta contundente de la Ministra de Cultura conminándolo a explicar por qué se había excluido al Ministerio de las decisiones sobre el Parque como resultado de una modificación de los linderos, modificación que había realizado la anterior administración. No tardamos también en conocer que otros vecinos, entre ellos, los de la Torre Colpatria, pedían, por su parte, que se concluyera la obra, si es que así se le puede denominar. La construcción estaba suspendida por orden del Tribunal Superior de Cundinamarca que estudiaba la acción popular interpuesta por los vecinos agrupados en “Habitando el Territorio”, organización que acudió también a la Contraloría General de la Nación.

Echar para atrás una obra en la cual ya se habían invertido miles de millones y se habían comprometido otros miles de millones, era, para cualquier funcionario al frente de la decisión, incurrir en un detrimento patrimonial que daría lugar a nuevas demandas. Echar para atrás una obra asociada a las condiciones que habilitaban el paso del Transmilenio en la zona, hacía la causa aún más imposible. Mitigar su impacto, sacar algunas de las placas, lograr reducir las pendientes, también imposible. Pero los integrantes de “Habitando el Territorio” conocían de luchas similares por causas aparentemente imposibles que habían logrado suspender proyectos que la comunidad del entorno consideró inconvenientes, sin embargo, la democracia participativa, no es nuestro fuerte.

El entramado era tal que finalmente la respuesta de la Alcaldía a los vecinos fue en el mismo sentido del dictamen que diera Dieter Magnus: acabemos rápido, que pase el Transmilenio y que se construya el parque (“verde, mucho verde”). Los tribunales, tal vez en lo que convirtió al Ministerio de Cultura en arte y parte, decidieron acogerse al concepto de dicho Ministerio, por considerarla la máxima autoridad competente. Y así, todos, a lo hecho, pecho.

Dar cuenta en los medios de manera imparcial y en su complejidad de la gran batalla que dieron los miembros de “Habitando el Territorio” fue también cuestión difícil. Algunos diarios atinaron a presentar aspectos parciales del caso y, en últimas, a concluir que al inaugurarse la obra muchos estarían de acuerdo que no era para tanto y que no habría pérdida de su patrimonio, de ninguna índole.

El paisaje cultural es una categoría muy importante de la arquitectura, la planeación y el desarrollo de las ciudades contemporáneas. La UNESCO la consolidó a finales del siglo pasado, y asumió al paisaje como un hecho social y cultural. El Paisaje Cultural expresa la unidad de las comunidades con su territorio, la manera como se van configurando mutuamente y como una sociedad, se va apropiando, o no, de esa construcción cultural del territorio. Como esta, hay otras categorías precisas con que cuentan los campos del patrimonio y del urbanismo, susceptibles de ser evaluadas. Esto para decir que es posible dar cuenta clara de por qué el nuevo Parque Bicentenario tiene problemas graves y que quienes consideramos que es un «adefesio» no estamos cayendo en la relatividad de nuestros «gustos».

Vi unos muros verdes, más bien enclenques. Vi mucho ladrillo y poco verde. Vi los antiguos árboles, sobrevivientes de la tala que lograra suspender “Habitando El Territorio” y otros vecinos del Parque de la Independencia. Vi el quiosco de la Luz, prácticamente enterrado al borde de las escaleras que suben a las placas que supuestamente unirán una ciudad con la otra., propósito frustrado del proyecto original de Salmona.

Vi la gente jugar en el Parque de la Independencia en lunes festivo y soleado, vi los enamorados, los tatuadores ambulantes, fui a las pulgas y vi el otro  gran afectado, el Museo de Arte Moderno, triste MAMBO consumido por la mole. Debió ser muy duro para su directora por varias décadas, Gloria Zea, ver como por la ventana de su oficina (que tenía vista al Quiosco de la Luz), trepaba día a día un muro espeso y gris, hasta confinar cualquier vista.

Comprenden por qué no puedo imaginar ninguna celebración para inaugurar ese rosario de errores, intereses particulares, ligerezas, problemas no asumidos, cuyo resultado no puede ser algo bello. En verdad, al Bicentenario en Colombia no le fue muy bien. Esa celebración poco realce tuvo en nuestro país. Esperemos que para el 2019 los gobiernos de turno sean más generosos y nosotros, los ciudadanos, más estudiosos y creativos. Por lo pronto la puesta en marcha del Parque Bicentenario será sin duda un alivio porque estamos en el mejor de los mundos posibles, como decía Voltaire en boca de su Cándido.

A los que habría que celebrar es a todos esos ciudadanos que entregaron su tiempo, invirtieron recursos, se tuvieron paciencia y a veces no se la tuvieron, cumplieron con ser ciudadanos activos, acudieron al llamado de la participación que fortalece la democracia, y perdieron su causa. Porque quienes no distinguen lo posible de lo imposible son los infantes, nos recuerda Peter Sloterdijk, la política es la que evita los excesos de lo imposible, el arte de lo posible que asumen los estadistas y los adultos.

Esta historia del Parque Bicentenario y “Habitando el Territorio” hay que escribirla, documentarla, difundirla para que continuemos luchando por causas imposibles y no ser cándidos conformistas. Busquemos que no se repitan tristes historias, que se sepa cómo se fueron enredando las cosas y busquemos que las cuestiones de la construcción y la cultura vayan juntas, pero no a través de las decisiones de unos funcionarios prepotentes, sino de las decisiones ciudadanas. Caminos los hay, diferentes a esa maraña que pronto van a inaugurar.

Ver imágenes aquí: https://www.instagram.com/imaginabogota/

 

Clarisa Ruiz

Gestora cultural y escritora, ha trabajado en el sector público, en el privado y ha participado en la creación de varias fundaciones . Fue Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, Directora de Artes del Ministerio de Cultura y Directora del Teatro Colón. Acompañó a Fanny Mikey en 4 de las primeras ediciones del Festival Iberoamericano de Teatro, subdirectora del Teatro Nacional, directora de la Casa del Teatro, directora de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB). Ha sido docente de gestión cultural, y entre sus libros se encuentran: La Voz del Jaguar con Random House, Palabras que me gustan, SM y El cartero enamorado con Panamericana.

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