La técnica del hombre blanco de Teatro Vreve – Proyecto Teatral

22 marzo, 2016 |

La técnica del hombre blanco de Teatro Vreve, con texto, dramaturgia y dirección de Victor Viviescas, no es ningún divertimento. Y no lo es no solo porque se haya concebido y escrito en este país, con el conflicto interno más antiguo de todo el planeta, sino porque no se limita a narrar un acto de violencia social sino que hurga en el fondo de una relación de pareja, también añeja y sin hijos, que es tan ambigua y dual como el mismo hecho violento que solo se aclara, en parte, cuando la obra se acaba.

Esta pieza de teatro hace parte de ese repertorio inagotable, por fortuna tanto foráneo como local, que se propone cuestionar al espectador, no dejarlo indiferente, ante una problemática social e individual que se conoce y reconoce aún se trate de una trama compleja y enredada, protagonizada por unos personajes raros con nombres, como ellos mismos, extraños.

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Este trabajo del Teatro Vreve-Proyecto Teatral, en coproducción con el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, con la actuación de Fernando Pautt, Sandra Camacho y Lenonardo Lozano, inquieta desde la primera escena. Los monólogos de un hombre y una mujer muy descontentos con su suerte y los diálogos de pareja, así sean, en las escenas más alegres y festivas, dejan un sabor de amargura y profunda tristeza de unas personas que son ellas, pero a la vez son otras: el teatro del teatro, y descubren con lentitud, intriga y humillación una de las peores facetas de un ser humano cuando priva de su libertad a otro, sea por las razones que fuere. Crimen de lesa humanidad se podría describir a esta situación, parafraseando los términos a los que nos hemos venimos acostumbrado en esta etapa de negociación de paz.

La escenografía es sencilla y saca al espectador de su cómoda butaca (en algunos teatros) para colocarlo en un paraje muy alejado de un núcleo urbano, en el que el ladrido de los perros aumenta la aspereza y rudeza de un hecho que se huele, se presiente, está presente pero no se evidencia hasta que la protagonista que lo descubre. Sus alegatos como mujer que quiere vivir una vida más alegre y sociable (parece que en su doble vida lo hace), que no gusta de limpiarle los zapatos a su marido, que desprecia todo lo que tenga que ver con lo doméstico, dejan de robar la atención de quienes siguen sus desventuras pensando que este es el nudo, el grueso de la obra y se desplazan hacia ese lugar donde un hombre negro convertido en bestia por otro hombre, blanco, se debate entre vivir como un animal o morir con un poco de dignidad. Falso dilema, como los demás que plantea la obra, porque la víctima se halla indefensa, desprotegida, a la voluntad de un extraño. Para el victimario y su esposa, que no ha fue consultada, este episodio destruye las mínimas seguridades que pueden tener como pareja o como seres individuales. Sus rostros, ocupados por otros cuando les conviene, quedan desprovistos de coartadas, se presentan como lo que cada quién es ni mucho menos, ni mucho más, ellos: únicos, sin caretas, sin sus dobleces, sin sus otros. Se encuentran para ponerle fin a su desencuentro.

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Los que siguen la trama no saben qué hacer, para dónde mirar, qué oír, momentos eternos para un espectador apesadumbrado, molesto, casi nunca entristecido, indiferente, indefenso, sí, ante estos golpes que recibe por todos los costados sin poderse defender, como el hombre negro, como las víctimas, impotentes ante tanta ignominia.

Y como se trata de un relato tantas veces repetido y oído en esta tierra, es imposible separar la realidad de la ficción; no se puede hacer cuenta y aparte, se sigue con atención pero sin fruición; se quiere indagar, saber los porqués, entender simple y llanamente si es que acaso unos fines justifican estos medios desnaturalizados con los que el hombre blanco se convierte en bestia y su mujer, si no toma partido, en otra bestia. La indiferencia o el no hacer nada no cabe aquí, es lo mismo que pasa con el espectador que después de ver esta obra de teatro no saldrá igual.

Una actuación muy destacable la de Leonardo Lozano y Sandra Camacho, máxime si se tiene en cuenta que la atmósfera en la que viven estos seres desgraciados es agobiante y agotadora, y que estos dos actores profesionales se meten en sus personajes, aunque les cueste sudor y lágrimas, y deben mantener el ritmo por un largo tiempo. La víctima, degradada en su máxima expresión, al punto que ya no habla sino que gime y se expresa por intermedio de sonidos guturales incomprensibles y no camina sino que se arrastra, también es interpretada con destreza y convicción, por Fernando Pautt, actor con más de diez años en el Teatro Vreve.

La trama interesante, actual, con ritmo, podría ser menos larga y, de seguro, se conseguiría el mismo objetivo.

Una obra para repudiar la violencia, provenga de donde provenga.  

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La obra se presentará el 25 de marzo a las 8.30 pm en la Sede Teusaquillo de la Facultad de Artes ASAB. La entrada es libre.

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