La talatón de Enrique Peñalosa

8 febrero, 2019 |

Hacía un sol picante. No quedaba más remedio que huir a la sombra para poder caminar hacia mi destino. Una señora con un saco en la mano comentaba “estamos a 21ºC, esto es anti-rolo”. La sombra que me protegía era la de algunos edificios, en el horizonte se apreciaba el cielo azul bajo un manto gris que le daba un aire apocalíptico a la ciudad, a mi ciudad. No había árboles. No era la única que tenía esa molestia, también algunas personas mayores, algunos niños que lloraban por desespero. Ese infierno solamente era apreciado por quienes habían llegado a Bogotá de tierra caliente, lo disfrutaban sin entender el problema de fondo, 21ºC en Bogotá y la ausencia de árboles.

Bogotá tradicionalmente ha sido conocida como La Nevera, no por ser un dispensador de helados para un lugar de mucho sol y poco viento, sino por sus bajas temperaturas que claramente no son propicias para salir a tomar el sol, como cree el alcalde Peñalosa.

La tanorexia que padece el alcalde parece ser el detonante de su dendrofobia, dichos padecimientos explican su carrera contrarreloj, Peñalosa contra la ciudad, contra la naturaleza, una carrera que consiste en acabar con los pocos árboles que tiene Bogotá, una talatón.

De acuerdo con la organización Mundial de la Salud se necesita un árbol por cada tres habitantes, antes de la talatón de Enrique Peñalosa, la ciudad tenía un árbol por cada 6.6 habitantes y la ciudad contaba con un déficit de cerca de un millón de árboles. Cifras de la misma administración distrital señalan que desde el inicio de Bogotá Mejor para Todos a septiembre de 2018 fueron talados 10.714 árboles y sembrados 21.600 de los 86.000 que prometió, así que haga cuentas.

La talatón es justificada con la necesidad de talar supuestos árboles enfermos y que son considerados un “riesgo inminente” a la comunidad, para ser reemplazados con liquidámbar, un árbol euroasiático, que se extendió hacia el norte del continente americano, que en otoño engalana el paisaje con sus variedades de tonos rojos, pero que no es una especie nativa de Bogotá.

La dendrofobia se extiende ahora al parque Japón y a pesar de las denuncias, movilizaciones, solicitudes a las y los funcionarios de la Bogotá Mejor para Todos, nada detendrá la matanza y en los meses que le quedan de gobierno, hará lo que esté en sus manos por acabar el poco verde que nos queda, hará lo posible por volver a La Nevera, un lugar al que le quede imposible adaptarse al cambio climático y se convierta en una isla de calor que se autodestruya.