El Vacío Metropolitano de las Regiones

9 junio, 2015 |

Las personas deben ser el eje del modelo de urbanización de ciudades más incluyentes y prosperas.

 

Pasada la euforia del 7º Foro Urbano Mundial realizado con éxito por la Ciudad de Medellín, vale la pena retomar la gran reflexión que allí quedó expuesta en su declaración final: las personas deben ser el eje del modelo de urbanización de ciudades más incluyentes y prosperas, planificando de manera comprensible y participativa, menos desbalanceadas en la ocupación de su suelo, más resilientes frente al cambio climático y con un mejor transporte urbano.

A menos que dichos propósitos vayan explícitamente en contravía de intereses particulares, es difícil pensar oponerse a ellos. La idea que las ciudades colombianas no parecen ir en esa dirección, pone de fondo algunas discusiones que la agenda de la política pública urbana aún parece no reconocer; entre ellas, la dificultad real de lograr estos retos en las grandes ciudades que se confrontan con realidades metropolitanas. Fragmentación y segregación son características que ciertamente acompañan a las regiones metropolitanas del país y son muchos los obstáculos que en ellas se presentan para gobernarlas.

Los territorios metropolitanos son evidentemente las “grandes regiones emergentes” del país, pero su invisibilidad surge más bien como un vacío de las regiones, antes que como una categoría especial de ellas.

En Colombia hoy en día es posible hablar de al menos 8 regiones metropolitanas, cada una conformada por un conjunto de municipios que se interrelacionan a partir de la ciudad principal. La realidad de estas regiones se confronta seriamente con los propósitos de equilibrar la ocupación del suelo urbano con mayor accesibilidad para las personas y con menos segregación económica y social. En estas 8 regiones se concentra cerca de la mitad de la población colombiana y un poco más del 60% del PIB nacional; igualmente concentra el mayor número de población pobre y una parte significativa de las problemáticas de seguridad ciudadana y conflictos sociales. Además se constituyen como uno de los grandes puntos de apalancamiento para el progreso del país y una serie de espacios llenos de grandes oportunidades para sus habitantes. Lo paradójico de esta realidad es que en una sociedad que se enorgullece por ser un país de regiones, no hay un claro reconocimiento sobre ellas, que se traduce en una baja institucionalidad para gobernarlas.

Hoy la normatividad colombiana ha tenido un relativo impulso con la expedición de la Ley 1454/2011 que busca reglamentar distintos esquemas de asociación para darle salida al vacío de los gobiernos regionales; lo anterior a pesar, incluso, de que los departamentos colombianos por tradición histórica, política y cultural expresan regiones concretas.

Los territorios metropolitanos son evidentemente las “grandes regiones emergentes” del país, pero su invisibilidad surge más bien como un vacío de las regiones, antes que como una categoría especial de ellas, cuyas instituciones para gobernarlas siguen siendo limitadas y muchas veces conflictivas. Este es el caso especial de Bogotá. No hay duda que la ciudad de Bogotá es parte de un territorio de múltiples ámbitos regionales, uno de ellos, el metropolitano. Algunos expertos o columnistas de opinión han desvirtuado esta realidad, al confundir el fenómeno de la metropolización, con las formas como suelen denominarlas: Ciudad Región, Región Urbana, Megalópolis, etc. Igualmente la Ley 1625/2013 aplazó la posibilidad que Bogotá pudiera avanzar en el corto plazo en la conformación de la figura de Área Metropolitana, la cual si bien no abarca todos los ámbitos regionales si le puede entregar valiosos espacios de coordinación y cooperación que la compleja voluntad política no siempre garantiza.