“El Prado en Bogotá” y la ilusión del espejo hoy

5 octubre, 2018 |

¡El museo del Prado en Bogotá! anunciaban los carteles en los postes y titulares de la mayoría de medios de comunicación en la ciudad. Ante tal invitación, y la inmediata vista a internet para confirmar semejante noticia, la decepción no dio espera.

Realmente el Prado no estaba en Bogotá, ni exposición itinerante de algunas de sus obras de mayor o medio reconocimiento, ni una curaduría respetuosa con el espectador, 53 reproducciones, además recortadas, de dichas obras, sí.

Según la RAE, reproducción es: Cosa que reproduce o copia un original. Resumiendo, y sin salir de la consternación, lo que llegó a Bogotá, fue un conjunto de 53 malas copias de obras del Prado, entre ellas Las Meninas, del pintor sevillano Diego Velázquez, cuya complejidad compositiva y de argumento sigue dando aún de qué hablar a nivel mundial. Una pintura con 12 personajes que guardan cada uno un espacio y contexto indispensable en la obra, y en cambio, ¡El museo del Prado en Bogotá! nos trae un afiche o fotocopia en la que aparece sólo una fracción del original, con poco menos de 8 y medio de los 12 representados por Velázquez. Así mismo, las tres gracias del pintor Pieter Paul Rubens, con sus extremidades inferiores amputadas,  El Descendimiento de Van Der Weyden sin el joven que ayuda a bajar a Cristo de la cruz, entre otros recortes, que no hacen más que ofrecer al espectador una idea equivocada de lo que la obra original le pueda proveer.

“Por esta razón la obra de arte aurática, en la que prevalece el “valor para el culto”, sólo puede ser una obra auténtica; no admite copia alguna de sí misma. Toda reproducción de ella es una profanación.” plantea Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibiidad técnica. Si bien Benjamin se distanciaba de la idea de asumir la fotografía en la esfera de arte, y si bien cabe no asumir dicha actitud como generalidad, el registro que para él es mecánico, le quita el carácter de obra de arte a eso que antes lo fue, una fotocopia no debe sernos presentada como tal, una fotocopia, es eso, fotocopia (y además recortada).

Situación contraria se da con el Agnus dei pintado por Zurbarán en la primera mitad del s.XVII, y que ha traído el Prado al Museo de arte Miguel Urrutia -no a modo de afiche-, un icono que se debate entre la pintura de bodegón y la pintura religiosa con la mayor sutileza y maestría técnica posibles, un cordero que ha asumido tranquilamente su sacrificio, en medio de una atmósfera de luz y sombra barroca.

Es necesario entonces, sin vergüenza alguna, apelar al derecho a la cultura, a la posibilidad de acceso a más de  Zurbarán, Velázquez, Rubens, al respeto para los espectadores, y al trato equitativo como continente que se interesa por el arte, como continente que fue saqueado por quienes hoy tienen la hegemonía del arte, como una ciudad en la que sus habitantes asisten con regularidad a los museos, en la que cada domingo de fin de mes, familias enteras alargan las filas de espectadores ansiosos de arte para ingresar al museo de entrada libre, y no al trato que se dio a quienes antes se maravillaron por los espejos y hoy, por copias mal hechas en cartón.