De Samuel a La Habana

5 abril, 2016 |

Bajarlo de calificativos como ladrón, indolente y corrupto sería darle muy, pero muy suave a quien lo robó a usted, a su familia, a los más necesitados, a Bogotá.

Todo bogotano, sin importar su edad, condición social o educación recibida, debería hacerse una imagen similar cuando oye hablar de Samuel Moreno. Bajarlo de calificativos como ladrón, indolente y corrupto sería darle muy, pero muy suave a quien lo robó a usted, a su familia, a los más necesitados, a Bogotá. Después de un ridículo proceso judicial que duró más de cuatro años, por fin fue condenado a pena privativa de la libertad por uno de los delitos cometidos. Y, aunque nunca me he alegrado por el mal ajeno, ver que por fin llegó algo de justicia en este caso me da tranquilidad de creer poder llegar a un país con una justicia sólida, eficaz y en donde el tan famoso dicho que dice que esta cojea, pero llega, omita la parte antecedente a la coma.

Siempre he creído que si la justicia falla, no hay proceso de paz, política pública o iniciativa ciudadana que valga. Un Estado sin justicia o, peor aún, con una justicia a medias, está condenado a ser un Estado fallido, en donde se incentivará la desigualdad, el resentimiento y se derrumbará, como fila de dominó, el sentimiento de nación. Y, si parece descabellada esta idea, solamente dirijamos nuestra mirada a nuestros vecinos venezolanos, que cada vez están peor.

A unos meses de que el gobierno colombiano firme un acuerdo con la guerrilla más antigua del mundo, el caso de Samuel Moreno debe servir como espejo para De la Calle, Jaramillo, Iván Márquez y Timochenko. La razón es sencilla: el éxito del posconflicto se deberá, enteramente, a cómo se desarrolla esa justicia transicional acordada. Que los guerrilleros desmovilizados participen en política no me parece grave, pero que lo hagan bajo un resentimiento colectivo de la sociedad civil que sintió que cincuenta años de guerra pasaron como si nada, sería delicadísimo para un Estado con instituciones tan débiles como el nuestro.

Y hoy lo predigo y el tiempo juzgará. Pero si en ese tire y afloje entre el anhelo de una paz y el resentimiento general de que lo que se firma no corresponde a lo que verdaderamente se desea, es el segundo el que se impone, y la sociedad colombiana siente que las muertes, los secuestros, las extorsiones, los atentados y las masacres, quedaron como cosa juzgada de manera sutil, estaríamos muy cerca de una tensión política y social de niveles incalculables para nuestro país, tan proclive al fanatismo.

La razón es sencilla: el éxito del posconflicto se deberá, enteramente, a cómo se desarrolla esa justicia transicional acordada.

Que el remedio es peor que la enfermedad podría pasar de ser un simple dicho a un hecho nefasto. Samuel Moreno nunca se arrepintió, nunca pidió perdón, nunca intentó resarcir el desfalco tan tremendo que generó en nuestra ciudad capital. De pronto, si lo hubiera hecho, le habría ido mejor, sin querer decir que hubiese pasado en blanco o no hubiese tenido que pagar por los crímenes cometidos. Igual sucede con la guerrilla. Actos unilaterales, actos de agachar la cabeza, actos de sensatez, son necesarios para mermar el escepticismo que muchos tenemos frente a la verdadera voluntad de la guerrilla por construir un país mejor, sin querer decir que esto reemplaza al hecho de que deban responder por los actos cometidos en el marco de la justicia especial.

Prefiero mil veces a Timochenko caminando por la carrera séptima en Bogotá, comiendo oblea al estilo Mick Jagger o trotando por el Virrey, que destruyendo ríos, matando personas, incendiando campos o secuestrando niños. Pero que cuando se pasee por nuestra ciudad, que cuando coma oblea, o cuando prenda el cronómetro para trotar, lo haga en un clima de verdadera paz, generado a raíz del hecho de que los colombianos nos dimos cuenta que, a pesar de todo el mal que cometió, de todas las muertes que causó, de todo el dolor que hizo padecer, saldó un pendiente con la justicia elaborada para este proceso de manera real, restauró a sus víctimas –que no son pocas-, devolvió a los menores recluidos y se dio cuenta, de corazón y de cabeza, que el país se construye con un esfero y no con un fusil.

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P.D.: Aplaudo la decisión de Peñalosa de limpieza total de postes y monumentos históricos que se encontraban llenos de papeles publicitarios y grafitis. No solamente le cambia la cara a la ciudad si no que, también, da mayor seguridad e incentiva el sentido de pertenencia por la capital. Ah, y sin mencionar que muchos de esos papeles son publicidad de campañas electorales de algunos que dicen defender al pueblo, al espacio público, al interés general. ¡Vaya hipocresía!  

Santiago Bonivento

Joven bogotano. Estudiante de Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana (2015). Expresidente del Consejo Estudiantil del Gimnasio La Montaña (2013- 2015). Fundador de la Alianza Consejo de Consejos de Bogotá (2014 – 2015). Miembro del equipo organizador de TEDxYouth@GLM (2014) y de la Junta Directiva de Congreso Joven (2015). Ponente en el IX Encuentro Nacional de Líderes Estudiantiles (2014). Fiel convencido de la unión para transformar y del actuar para trascender. También escribe en KienyKe @boniventos

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