Clamor y aclamación

8 abril, 2016 |

La participación en la apertura del FITB de los grupos artísticos provenientes de poblaciones del Putumayo y del Urabá antioqueño, víctimas del conflicto armado, provocan la reflexión aun después de concluido el copioso marzo cultural de la ciudad. Varias y complejas preguntas sobre el rol de la cultura en la construcción de la paz, muchas veces ignoradas, otras banalizadas, tocan con fuerza. Una paz que, sabemos, no se resume en la paz con las FARC. Una cultura, que sabemos, no se resume en el espectáculo excepcional.

A la pregunta por el rol de las políticas culturales en el proceso de paz, las respuestas y los debates escasean.

Nuestra producción cultural es en gran medida un clamor que emerge, desde hace ya muchas décadas, de las entrañas de los horrores de la violencia, tanto en las regiones como en la capital. Clamor poético de ciudadanos corrientes, de artistas no artistas, de artistas anónimos, de gestores de los municipios más alejados y clamor de artistas reconocidos asentados en las capitales. Pero una cosa es esa importante producción del cine, de la literatura, de las artes escénicas, de las artes plásticas, y otra cosa son su lectura, su reconocimiento e interpretación y los enfoques de la política pública sobre el impacto del arte y la cultura en la transformación del país. A la pregunta por el rol de la cultura en la construcción de la paz, de manera colectiva o individual en todas las regiones se viene respondiendo con todo un repertorio de expresiones y pensamientos poéticos, no siempre visibles, no siempre reconocidos; a la pregunta por el rol de las políticas culturales en el proceso de paz, las respuestas y los debates escasean.

La constitución del 91, los planes nacionales y distritales de cultura han ampliado el concepto de lo cultural y han contribuido a su tratamiento como un derecho de todos. La Ley 1448 de 2011 define de manera precisa el fomento necesario de prácticas simbólicas para la reparación, el derecho a la verdad y la memoria de las víctimas. Sin embargo, el sentido que damos a lo cultural y a las políticas culturales exige mayor información y debate continuo, mayor dedicación y mayor análisis por parte de la academia y de las instituciones de la cultura. Hay sin duda importantes referentes de reflexión: el Grupo Ley y Violencia: comunidades en transición de la Universidad de los Andes presentó, el pasado jueves, el libro Resistencias al olvido: Memoria y Arte en Colombia, producto de una beca de Colciencias.

Pero existe una dificultad, tal vez apatía o indiferencia, por la discusión sobre la garantía o no realización de los derechos culturales y sus impactos en la transformación del país. La impolítica, el desencanto y descreimiento por los derechos (los culturales en este caso), del que trata Rodolfo Arango en su columna El reverso de los Derechos en el Espectador, deja el paso a que la política cultural tenga espacios muy secundarios en las discusiones y en los presupuestos y se resuma a unos subsidios mínimos o a aclamaciones efímeras.

Debemos buscar mecanismos para lograr una mayor coherencia entre el rol que otorgamos a la cultura en la construcción de una sociedad sin violencia armada y la participación de la cultura en las políticas públicas.

En el artículo de Christopher Tibble de la revista Arcadia marzo-abril, se saluda como positiva la opción del Ministerio de abstenerse de imponer una línea de pensamiento o una narración ideológica desde Bogotá. Se puede entender que la Ministra Garcés busque alejar la política cultural de la “retórica de la paz” de aquellos años 90´s con la que polemizaron Ana Maria Ochoa y otros al finalizar el siglo. Entre otros supuestos, había entonces una especie de mecánica entre cultura, convivencia y paz que resultaba de una ingenuidad perversa puesto que disenso, controversia, pluralismo y diversidad estaban ausentes de esa imagen de la cultura y la paz. Por otra parte, por muchos Manifiestos, la cultura no alcanzó a lograr un papel concreto, metas y recursos acordes con el discurso, en aquel entonces. Recordemos que fueron ocho ministros en los seis últimos años de la década.

Pero la ausencia actual de un discurso no implica su inexistencia, subyacen enfoques, se toman decisiones y se opta por un modo y otro de repartir los recursos. Por ello necesitamos, en el nivel nacional, como en el local, debates y foros sobre la política cultural en la construcción de la paz. No se trata de levantar un discurso hegemónico, se trata de propiciar discursos, de escuchar voces múltiples y de hacer también negociaciones abiertas para el campo cultural. Las autoridades deben hacerlo pronto. El ingreso de la cultura como un campo social en las políticas es reciente, sus metas y los recursos están poco desarrollados, pero, insistamos, los textos constitucionales señalas el arte y la cultura como derechos y áreas fundamentales del conocimiento. 

No se trata de levantar un discurso hegemónico, se trata de propiciar discursos, de escuchar voces múltiples y de hacer también negociaciones.

Tal vez deberíamos revisar aquel Plan Nacional de Cultura 1992 – 1994, “Colombia: El camino de la paz, el desarrollo y la cultura hacia el siglo XXI”, que orientó sus políticas, estrategias y programas sobre la base de un planteamiento rector: el rol de la cultura en la formación para la paz. Una política cultural general, que anunciaba ya la Ley General de Cultura del 97 y que no tuvo el mote para la paz pero señaló que la política cultural debía reforzar los valores democráticos, los procesos participativos y la descentralización administrativa para ser cultura activa en la construcción de la paz. Era esto una narración ideológica o los principios básicos de toda política cultural?  

Otra discusión importante versa sobre los riesgos de ver resurgir la inconveniente división de las políticas culturales y las políticas culturales para la convivencia, la reconciliación, la reparación. Recordemos el Plan Nacional de Cultura para la Convivencia que conducía a una suerte de doble militancia a artistas y gestores en las regiones, avocados a trabajar entre dos vertientes: la política cultural y la política cultural para la paz. El Ministerio de Cultura y las secretarias de cultura distritales y municipales (cuando existen) deben ser el eje de unas políticas culturales participativas y orientadoras claras y presentes en los múltiples frentes de la construcción de la paz.  

Imagino la emoción de los artistas que llegaron desde sus lejanas regiones para participar en el espectáculo de la Fura del Baus y también la genuina emoción de la Alta Consejera para las Víctimas, en aquel mega evento. Imagino también que las agrupaciones de estas poblaciones lograron un apoyo a su proceso cultural día a día y que los procesos de reparación simbólica y construcción de memoria se expandirán este año, más allá de la aclamación en la época del festival. Esto porque la cultura y el arte son asuntos que deben estar metidos en la piel de la vida diaria de todos un país que busca salir de la violencia armada.

Clarisa Ruiz

Gestora cultural y escritora, ha trabajado en el sector público, en el privado y ha participado en la creación de varias fundaciones . Fue Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, Directora de Artes del Ministerio de Cultura y Directora del Teatro Colón. Acompañó a Fanny Mikey en 4 de las primeras ediciones del Festival Iberoamericano de Teatro, subdirectora del Teatro Nacional, directora de la Casa del Teatro, directora de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB). Ha sido docente de gestión cultural, y entre sus libros se encuentran: La Voz del Jaguar con Random House, Palabras que me gustan, SM y El cartero enamorado con Panamericana.

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