A tres horas del mar

9 febrero, 2016 |

Poco pensaba yo que las casualidades permitieran evidenciar realidades sociales. Pero me sucedió, y de qué manera. La historia se resume en la narración de algunos sucesos de la vida de dos niños, de once y doce años de edad, que viven en la costa caribe colombiana. Llegaron a mí pidiendo plata, como muchos niños colombianos que son obligados por sus papás a llegar con un monto determinado y se fueron dejándome una gran lección de vida.

La primera frase, de entrada, me llamó la atención.

«1.000 pesos, por favor», dijo uno de ellos mientras pateaba un balón de fútbol.

De inmediato, y sin alguna razón que explique concretamente el porqué, quise saber más de sus vidas. Me contaron que eran hermanos  y que se llevaban un año de diferencia. Pensé en el mío -mellizo- con el que me llevo 6 minutos. Me contaron que les gusta el fútbol y que disfrutan del mar cada vez que pueden. Y es que esa última frase quería decir que viven a tres horas de la orilla y, sin medio de transporte más que sus dos piernas y las ganas de disfrutar una tarde soleada lejos de la violencia que desarrollan las pandillas de su corregimiento, optan por ir, siempre, uno junto al otro, al mar.

Dejemos de lado el vivir en el país de quien más hable y pasemos a vivir en el país de quien más actúa en pro del otro.

Con algo de temor por la respuesta que provocara el tema, decidí preguntarles sobre sus padres; me contaron que vivían separados y que muchas veces el papá no mandaba la plata mensual de sustento. Dejé de preguntar y pasé, simplemente, a oír lo que me querían decir, como si quisieran sacar cosas que tenían guardadas. Prosiguieron hablando de su familia, contándome que tenían otros ocho hermanos, uno de los cuales era soldado. 

 «Me gustaría ser soldado como mi hermano y nada, nada más», afirmó uno de ellos.

Me sorprendí. Nunca había oído a alguien con tal convencimiento de querer servirle a su país, a pesar de la situación en la que han crecido.

De su colegio, que estudiaban a unos 200 metros de su casa y que son más los días que no almuerzan a los que sí, dado que les cobran por almorzar allí.   

«¿Cuánto les cobran?», les pregunté.

«200 pesos el almuerzo», me respondió uno de ellos. Su respuesta me demostró que muchas veces la ficción no es lejana a la realidad.

De un momento a otro me dijeron que se tenían que ir, porque se les hacía de noche y el camino era largo. Señalándome un punto en el horizonte, lugar al que debían llegar, se fueron, con una sonrisa que no perdieron en ningún momento mientras hablábamos y, nuevamente, uno junto al otro.

 «Me gustaría ser soldado como mi hermano y nada, nada más», afirmó uno de ellos.

Y aunque la historia se desarrolló a una hora en avión y a más de diez en carro de la capital, sí que podría aplicar para lo que millones de niños y jóvenes bogotanos viven a diario en una ciudad donde, aunque se ha reducido, persisten niños obligados a limpiar vidrios o a vender dulces en los semáforos, mientras su mamá duerme en la casa a la espera del producido diario. Perfectamente podría echarme un recital con palabras motivacionales para transformar nuestra ciudad, incitar a una revolución en aras de la igualdad, a protestas pacíficas o a llamados de solidaridad. Pero, si hago lo anterior, estaría cayendo en el círculo vicioso, tan colombiano, de intentar tapar con la labia lo que es tan evidente para los ojos. Por eso creo que la transformación cada vez se aleja más –aunque no estoy diciendo que no tengan que ver- de las decisiones que tome la administración local y depende más de lo que la sociedad es capaz de hacer y de exigir.

Más que su historia, estos dos niños me mostraron lo distinta que es la vida dentro de un mismo país. Y, aunque suene completamente incoherente con la historia que conté, creo que aún hay razones para ser optimistas de llegar a una ciudad y a un país que trasciende y que depende mucho más de lo que usted y de yo hagamos, que de si se firma un papel con una paz, de si Uribe habló sobre Santos o de si Petro trinó recriminándole a Peñalosa por la falta de visión. Incluso, depende muchísimo más de si nos quitaron la corona de Miss Universo, de si una senadora liberal promueve un referendo en contra de la igualdad de género o de si el procurador y el fiscal optan por agarrarse en vez de cumplir con sus funciones. Dejemos de lado el vivir en el país de quien más hable y pasemos a vivir en el país de quien más actúa en pro del otro. Seguro, nos irá muchísimo mejor.  

 @boniventos // santiagobonivento97@gmail.com

Santiago Bonivento

Joven bogotano. Estudiante de Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana (2015). Expresidente del Consejo Estudiantil del Gimnasio La Montaña (2013- 2015). Fundador de la Alianza Consejo de Consejos de Bogotá (2014 – 2015). Miembro del equipo organizador de TEDxYouth@GLM (2014) y de la Junta Directiva de Congreso Joven (2015). Ponente en el IX Encuentro Nacional de Líderes Estudiantiles (2014). Fiel convencido de la unión para transformar y del actuar para trascender. También escribe en KienyKe @boniventos

Más vistos esta semana

Columnas populares