Jane & Payne: una vida dedicada a la conservación

20 noviembre, 2015 |
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“A mi me gusta contar historias. Cuando niña me encantaba Tarzán. Leí sus libros, y prácticamente lo sabía todo. Sin embargo, siempre le encontraba el mismo error: Tarzán se casó con la Jane equivocada”. Palabras más, palabras menos, así empieza Jane Goodall sus conferencias. Esa es la esencia de su discurso, hablar desde la experiencia de su vida, pequeños relatos que buscan sensibilizar a sus oyentes. Es un modo de ver el arte como una posibilidad, como una herramienta de cambio,  y en este punto es donde se conectan los pensamientos de los tres personajes sentados en el auditorio principal de la Universidad de los Andes: Jane Goodall, experta en el comportamiento de los chimpancés, activista en temas de conservación y mensajera de Paz de las Naciones Unidas; Roger Payne, experto en el estudio de ballenas y activista y Boy Olmi, el director de cine responsable de la unión de los dos anteriores. Antes de verlos intercambiar opiniones de temas humanos, de supervivencia, de vida, ese 13 de noviembre de 2015 se había presentado por primera vez en Latinoamérica el documental “Jane & Payne”.

Ella llegaba al hotel y él bajaba de su habitación, la producción intentaba evitar a toda costa un encuentro accidental. Jane apretó el botón de uno de los ocho ascensores y al abrirse, se topó con Roger Payne.

La gran idea del director argentino había sido juntar a los dos científicos por primera vez en sus vidas y darles rienda para que reflexionaran sobre la conservación en una especie de retirada a las orillas de la Patagonia argentina. “Les voy a mostrar una historia de amor” dice el director antes de pasar el documental, “una historia de amor entre la tierra y el agua”. Al parecer todo empieza en un puente de Buenos Aires. En ese lugar las cámaras captan por primera vez el encuentro de Jane Goodall (81) y Roger Payne (80). Algo formal, un abrazo, fotos, el peluche de chimpancé que siempre la acompaña a ella, ninguna sorpresa. Luego diría en la conferencia como es no fue la primera vez que se encontró a Roger Payne. Ella llegaba al hotel y él bajaba de su habitación, la producción intentaba evitar a toda costa un encuentro accidental. Jane apretó el botón de uno de los ocho ascensores y al abrirse, se topó con Roger. Antes de que pudieran saludarse, sus acompañantes los empujaron y jalaron afuera y adentro del ascensor, evitando que el saludo se diera fuera de las cámaras.

Jane Goodall y Roger Payne

Jane Goodall y Roger Payne. Foto: Juliana Díaz.

Con ellos pasa así, naturales y espontáneos, casi indomables, como los animales que estudian. Basta con ver sus movimientos, sus expresiones al hablar, basta solo con escuchar su voz para que una tranquilidad inexplicable invada todo el auditorio. Tienen una gracia que atrapa a cualquiera, sobre todo Jane Goodall. No necesita hablar muy fuerte, ni dar argumentos científicos para ser contundente. De hecho dice que una de las cosas más importantes es el lenguaje, que por eso a ella le gusta contar historias, porque es la mejor forma que ella ha encontrado para comunicarse. Y tiene tantas historias y todas tan increíbles acerca de chimpancés, personas, cambios y esperanza, que florece una luz al final del gran túnel oscuro de la degradación inevitable de nuestro mundo.

Pero volvamos al inicio: los dos en el puente. Parecen extraños, como ajenos, como sacados de su entorno. Y por eso Boy Olmi se los lleva a la Patagonia, en un viaje a lo Martín Fierro, a Península Valdés. No era un lugar extraño para los dos, Roger Payne había pasado allí unas temporadas con su familia y fue en ese sitio desde donde fundó e ideó el Instituto de Conservación de Ballenas en Argentina. Hace 40 años se dirigía a Península Valdés y el señor del transporte le sugirió almorzar en un lugar donde podía comer frente a las ballenas, él aceptó y frente a sus ojos fue revelado el sitio donde, en palabras del mismo Payne, “no hay mejor lugar en todo ese territorio para ver ballenas”. Allí tiene lugar todo el documental, y muchas veces cabía en un primer plano una hembra, su ballenato, y la casa donde dormían todos. Atardecía, cenaban juntos iluminados por velas con todo el equipo del documental, y en la mañana salían temprano para hacer un círculo y reflexionar. Por lo visto la reflexión es uno de los mensajes del documental.

Con ellos pasa así, naturales y espontáneos, casi indomables, como los animales que estudian. Basta con ver sus movimientos, sus expresiones al hablar.

En cierta ocasión Jane se sienta en una roca y se puede ver cómo se mueve algo cerca entre las piedras. Es un animal con un caparazón, inquieto. Luego, poco a poco, se le acerca, hasta subirse a su piernas. Jane y el armadillo se quedan un rato ahí, y vaya a saber qué se le pasaba por la mente a cualquiera de los dos. Otra vez, mientras Roger tocaba el violonchelo y hacía la imitación de los sonidos de las ballenas, explicaba su significado. Decía que empezaban con un canto agudo y terminaba grave, después pasaba lo mismo, pero a modo de escala, con mayor sentido musical, por decirlo de alguna manera. Mientras tanto, Jane, sentada al frente, lo mira, le pregunta sobre los significados y al final hay un silencio de ambos: se quedan reflexionando.

Durante el cambio de tomas muestran el detrás de cámaras de cómo Boy Olmi los juntó en un espacio de la casa. Iban a preparar los temas de discusión, así que Roger le dijo a Jane que ella era más pragmática y por eso era mejor que los anotara para abordarlos con orden. Sin mucha protesta lo hizo y mientras los definían hablaban sin tapujos, con la fluidez y las pausas de una conversación natural, sin ensayo previo. Al oírlos hablar, sentados frente a ese paisaje, sin la sensación de un discurso cuidadosamente formulado, luego de ser conscientes de tantos problemas, renacieron las esperanzas. Más allá de los argumentos, ciertamente sólidos acorde a sus ideales, en esa tertulia renació el mundo.

Hay más en común de lo que uno se imagina entre las ballenas, los chimpancés y los humanos.

En medio de la Patagonia, los asistentes al documental vieron un camino viable de conservación a partir de la experiencia de dos voces que vivieron los cambios del mundo: por un lado, la lucha para mantener los bosques de los chimpancés, y por otro, por mermar la acidificación del mar que afecta a las ballenas. Hay más en común de lo que uno se imagina entre las ballenas, los chimpancés y los humanos. Las emociones, la personalidad y la comunicación son un ejemplo. Frente a las principales preocupaciones actuales, Jane Goodall dice “No podemos ayudar a los chimpancés sin que ayudemos primero a las personas”, agrega otros asuntos y termina “el único camino no es el gobierno, son las personas”. Por su lado, Roger Payne en referencia a Racing Extinction de Louis Psihoyos, concuerda con lo que dice el director en su documental “El momento de actuar es ahora” y asegura que, como habían dicho todos los conferencistas de los días anteriores, “no es la ciencia la que va a cambiar al mundo, es el arte”.

Pocos se sientan frente al mar. Pocos se sientan frente al mar y miran las ballenas. Pocos se sientan frente al mar y miran las ballenas, mientras conversan con su compañero sobre algo que nadie más en el mundo oye, sino ellos y las ballenas. Así termina el documental, con Jane y Roger a solas con el mar. Pocos de nosotros reflexionamos sobre nuestro papel de mantener viva a nuestra especie, como grupo o comunidad. Quizá algunos sabrán que al fin y al cabo dependemos de la naturaleza, o como se llamen esas tantas cosas alrededor nuestro que componen al planeta. También, que comunicarse con la naturaleza no es hablarle a un árbol, a una mascota o a una flor. Entonces, para el propósito de reflexión, la conferencia terminó cuando les preguntaron a Jane y a Roger sobre qué pueden enseñarnos los animales a nosotros: ambos respondieron, casi al tiempo, “humildad”.

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